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Uribe y Santos van rumbo a un choque inevitable
Ambas crisis, la bilateral con Venezuela y la del traspaso presidencial entre Uribe y su ex ministro de Defensa Santos, están relacionadas. O provocadas por un mismo factor: Álvaro Uribe, quien se resiste a que a partir del 7 de agosto, después que le haya colocado la banda presidencial, su sucesor Juan Manuel Santos modifique la política hacia Venezuela.
Desde que fue electo, el futuro mandatario buscó un tono conciliador con sus dos vecinos problemáticos -Ecuador y Venezuela- e invitó tanto a Chávez como a Rafael Correa a la ceremonia de posesión. Todo un giro de quien fue un duro antichavista y uno de los más dóciles factotums del uribismo a la hora de tomar distancia de esos países, por hacerle la vista gorda a la narcoguerrilla. Y más drástico todavía, cuando fue el mismo Santos quien, desde el Ministerio de Defensa, digitó algunas de las operaciones más molestas para esos vecinos, como la liberación de Clara Rojas e Ingrid Betancourt -rehenes de las FARC- o el asalto al campamento ecuatoriano del líder guerrillero Raúl Reyes en marzo de 2008. También, claro, el giro de Santos es un derecho adquirido tras ser votado por 9 millones de colombianos (68,9%) en el balotaje de junio.
No lo ve así Uribe, que por el ahínco puesto en la última campaña electoral, seguramente creyó que Santos sería un Uribe II. Por eso, para dejarle escaso radio de giro al entrante, el jueves pasado el presidente saliente le agregó sal a las heridas y denunció ante medios periodísticos la presencia de miembros de las FARC y ELN en territorio venezolano. Ninguna novedad. Aunque esa información de provocación consiguió lo esperado -una negativa de Chávez a asistir al traspaso del mando del 7 de agosto-, al mismo tiempo generó una tensión demasiado peligrosa en la relación bilateral, sobre todo cuando el venezolano, de cara a las elecciones legislativas de setiembre, necesita desviar la atención de la crisis inflacionaria y administrativa de su Gobierno.
Desde Caracas, Teodoro Petkoff, editor de Tal Cual, asegura que con esto Uribe logró quitarse la molesta presencia de Chávez en la entrega de mando. Por su parte, desde Bogotá, el ex canciller Julio Londoño (1986-90) considera que ese anuncio sobre los altos mandos de las FARC operando desde Venezuela es para «evitarle al nuevo Gobierno tener que hacer, justamente ese anuncio».
Habría, sin embargo, además de esa «nueva diplomacia» otra causal detrás de la movida de fichas de Uribe: el nombramiento de tres ministros que le podrían traer dolores de cabeza. Uno, el de Juan Camilo Restrepo para Agricultura, enfrentado con Uribe por cuestionar su plan de promoción agrícola. Otro, el de Juan Carlos Echeverry para Hacienda, con un antiguo litigio con el hijo de Uribe. Y por último, el de María Ángela Holguín para la Cancillería.
La futura canciller es una diplomática de carrera, ex embajadora en Venezuela durante la presidencia de Pastrana (coincidió con los primeros años de Chávez en el poder), que estuvo también al frente de la legación colombiana ante Naciones Unidas en el Gobierno de Uribe. Y que no tuvo tapujo alguno en renunciar (micrófono mediante) cuando el uribismo le llenó esa embajada con hijos de caciques políticos. Desde entonces quedó distanciada de Uribe.
De allí que la reacción de Uribe a la «nueva diplomacia» de Santos, de acercamiento con los vecinos «para aclarar las diferencias», haya sido de descalificación, llamándola «diplomacia cosmética», «babosa», «hipócrita» y «meliflua». Un tiro por elevación, seguramente, hacia la futura gestión de la embajadora Holguín. Aunque para ésa, como otras chicanas futuras que le podrán tocar, Holguín está bien entrenada, más aún después de haber lidiado estos últimos años, desde Buenos Aires, con la clase dirigente argentina como presidenta de la Confederación Andina de Fomento (CAF), su ultimo cargo antes de ser nombrada canciller de Colombia.


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