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Van Gogh y Gauguin: el encuentro de dos íconos
Una vista del Museo Van Gogh en Amsterdam, cuyas obras finalizaron cuando se completó el sector de exposiciones temporales que diseñó el arquitecto japonés Kisho Kurokawa.
Eugéne-Henri-Paul Gauguin, nieto de la pensadora y dirigente socialista Flora Tristán, nace en París, el 7 de junio de 1848. Su familia debe exiliarse por razones políticas y se afinca en Lima, entre 1849 y 1855. De retorno a Francia, viven en Orleans y, más tarde, en París (1862-64).
Paul ingresa en la Armada en 1865. Entra en una agencia bursátil, donde se convierte en un próspero burgués, hacia 1872, y entonces empieza a pintar y a coleccionar obras de arte. Se casa en 1873 con una danesa Mette Sophie Gad. Aunque dedicado a la banca y los seguros, va entregándose más y más a la pintura. En 1880, participa de la quinta muestra de los Impresionistas (1881), la séptima (1882) y la última (1886).
En 1886 pasa su primera temporada en Pont-Aven, en la Bretaña. Volverá allí en 1888, después de un viaje a Panamá y la Martinica, y echa entonces, con Emile Bernard, los cimientos de su estilo, el sintetismo, basado sobre el uso de colores planos y una neta demarcación de los contornos interiores, tomada de los vitrales. Dos años después de la presentación de los sintetistas en París (1889), que marca la aparición del simbolismo pictórico, Gauguin viaja a Tahití, a mediados de 1891, siempre en busca de lo primitivo. Retorna en 1893, y parte nuevamente en 1895. Roído por la sífilis y el alcohol, azotado por sus trastornos cardíacos, y sumido en la soledad, intenta sin éxito el suicidio en 1898.
Sin embargo, no cesa de pintar los mitos y realidades de la Polinesia. En 1901, como encuentra a Tahití trastornado por la modernización, se establece en Atuana, capital de Dominica (Hiva-Oa), una de las Islas Marquesas, donde muere el 8 de mayo de 1903.
Roger Fry llamó «postimpresionistas» a Vincent van Gogh y Paul Gauguin, -como a Paul Cézanne y Henri de Toulouse-Lautrec- no sólo por razones temporales: es que todos ellos, especialmente Cézanne, habían desarrollado su etapa impresionista, de la que luego se apartaron para avanzar por caminos propios. La obra de Gauguin, que abarca más de un cuarto de siglo, aparece entonces con perfiles nítidos y autónomos en el desenvolvimiento del arte moderno, una revolución pictórica que corre pareja, aunque opuesta, a la revolución científica y, sobre todo, tecnológica de aquellos años. Entre 1871 y 1895, se suceden el teléfono, el micrófono, la lámpara incandescente, el fonógrafo, el alumbrado eléctrico, la película fotográfica, la dínamo, la locomotora y el tranvía eléctrico, el automóvil, las ondas electromagnéticas, el neumático, el cine, la telegrafía sin hilos y el fotograbado.
El caso de Gauguin es paradigmático: él se siente a disgusto con la civilización de los grandes adelantos; y, no conforme con el arcaísmo de los pueblitos bretones, todavía salvados del progreso, huye más lejos, como Rimbaud, al Africa. Terminará por ver que ni siquiera Tahití ha podido zafar de la ola mundial, pero ya es tarde: la vida es ahora la que huye de él.
Paul Gauguin y Vincent van Gogh, cinco años menor, se conocen en París a la llegada de éste, en 1886, y traban una fuerte amistad. Cuando Van Gogh se afinca en Arles (1888), invita a Gauguin a instalarse allí, para pintar juntos y establecer una comunidad de artistas. Gauguin llega el 23 de octubre, pero las relaciones entre ambos se deterioran. Dos meses más tarde, se salva de ser atacado por Van Gogh, quien pocas horas después, se corta el lóbulo de la oreja izquierda. Gauguin parte el 24 de diciembre: no volverán verse nunca más.


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