Van Gogh y Gauguin: el encuentro de dos íconos

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Hace una década, en 1999, finalizaron las obras del Museo Van Gogh en Amsterdam, cuando se completó el sector de exposiciones temporales diseñado por Kisho Kurokawa (1934-2007), el renombrado arquitecto japonés, que estuvo en Buenos Aires y mostró su obra en la Bienal de Arquitectura.

Al morir Vincent van Gogh, a la edad de 37 años, dejó el extenso legado de su obra, fue heredado por su hermano Theo. Cuando éste fallece al año siguiente, la obra fue administrada por su viuda Johanna van Gogh. Posteriormente, su hijo, el ingeniero Vincent Willem van Gogh (1890-1978), creó en 1960 la Fundación Vincent Van Gogh. Las obras fueron expuestas en el Stedelijk Museum, hasta 1973.

Van Gogh (1853-90) desembarca en París, a comienzos de 1886, después de un lustro de práctica realizada en su Holanda natal y en Bélgica. Ve la octava y última exposición de los impresionistas, inaugurada a mediados de mayo en unas salas de la Rue Laffitte, y adopta sus códigos, para derivar luego al puntillismo neoimpresionista cuyos inventores son Georges Seurat y Paul Signac -participantes de aquella muestra-, a quienes conoce y frecuenta. Otras amistades son Camille Pissarro, Edgar Degas, Emile Bernard, Paul Gauguin y Henri de Toulouse-Lautrec.

Mientras tanto, además de su devoción por Delacroix, Corot, Daumier y, sobre todo, Millet, el interés de Van Gogh se centra en las estampas japonesas, que ha descubierto en Amberes y puede ver en abundancia en París. Pero dos años más tarde, se ahoga en la vasta ciudad y decide salir de ella, en busca de la Francia rural todavía a salvo de la modernización. Pesan en él, sin duda, su experiencia de misionero libre en la región carbonífera de Borinage, al Sur de Bélgica (1878-79 y 1880), donde ha conocido la expoliación y la miseria de los mineros y su estadía en Nuenen, Holanda (1883-85), donde oficiaba su padre, pastor calvinista.

Van Gogh elige Arles, en la Provence. «Me siento como si estuviera en el Japón», escribe a Theo apenas llegado a la antigua ciudad junto al Ródano, a comienzos de 1888. Pinta desde entonces sin cesar, y encuentra la manera tempestuosa y desbordante del color que lo distinguirá para siempre en la historia del arte.

Hacia mayo de 1889, vencido por sus crisis mentales, lo internan en el asilo de alienados de Saint-Rèmy, cerca de Arles, donde realiza algunas de sus obras maestras. Hasta que, a mediados de 1890, se siente recuperado y se instala en Auvers-sur-Oise, 35 km al Noroeste de París. Pero dos meses después de afincarse allí, se suicida de un tiro, y muere el 29 de julio de 1890, a los 37 años.

Eugéne-Henri-Paul Gauguin, nieto de la pensadora y dirigente socialista Flora Tristán, nace en París, el 7 de junio de 1848. Su familia debe exiliarse por razones políticas y se afinca en Lima, entre 1849 y 1855. De retorno a Francia, viven en Orleans y, más tarde, en París (1862-64).

Paul ingresa en la Armada en 1865. Entra en una agencia bursátil, donde se convierte en un próspero burgués, hacia 1872, y entonces empieza a pintar y a coleccionar obras de arte. Se casa en 1873 con una danesa Mette Sophie Gad. Aunque dedicado a la banca y los seguros, va entregándose más y más a la pintura. En 1880, participa de la quinta muestra de los Impresionistas (1881), la séptima (1882) y la última (1886).

En 1886 pasa su primera temporada en Pont-Aven, en la Bretaña. Volverá allí en 1888, después de un viaje a Panamá y la Martinica, y echa entonces, con Emile Bernard, los cimientos de su estilo, el sintetismo, basado sobre el uso de colores planos y una neta demarcación de los contornos interiores, tomada de los vitrales. Dos años después de la presentación de los sintetistas en París (1889), que marca la aparición del simbolismo pictórico, Gauguin viaja a Tahití, a mediados de 1891, siempre en busca de lo primitivo. Retorna en 1893, y parte nuevamente en 1895. Roído por la sífilis y el alcohol, azotado por sus trastornos cardíacos, y sumido en la soledad, intenta sin éxito el suicidio en 1898.

Sin embargo, no cesa de pintar los mitos y realidades de la Polinesia. En 1901, como encuentra a Tahití trastornado por la modernización, se establece en Atuana, capital de Dominica (Hiva-Oa), una de las Islas Marquesas, donde muere el 8 de mayo de 1903.

Roger Fry llamó «postimpresionistas» a Vincent van Gogh y Paul Gauguin, -como a Paul Cézanne y Henri de Toulouse-Lautrec- no sólo por razones temporales: es que todos ellos, especialmente Cézanne, habían desarrollado su etapa impresionista, de la que luego se apartaron para avanzar por caminos propios. La obra de Gauguin, que abarca más de un cuarto de siglo, aparece entonces con perfiles nítidos y autónomos en el desenvolvimiento del arte moderno, una revolución pictórica que corre pareja, aunque opuesta, a la revolución científica y, sobre todo, tecnológica de aquellos años. Entre 1871 y 1895, se suceden el teléfono, el micrófono, la lámpara incandescente, el fonógrafo, el alumbrado eléctrico, la película fotográfica, la dínamo, la locomotora y el tranvía eléctrico, el automóvil, las ondas electromagnéticas, el neumático, el cine, la telegrafía sin hilos y el fotograbado.

El caso de Gauguin es paradigmático: él se siente a disgusto con la civilización de los grandes adelantos; y, no conforme con el arcaísmo de los pueblitos bretones, todavía salvados del progreso, huye más lejos, como Rimbaud, al Africa. Terminará por ver que ni siquiera Tahití ha podido zafar de la ola mundial, pero ya es tarde: la vida es ahora la que huye de él.

Paul Gauguin y Vincent van Gogh, cinco años menor, se conocen en París a la llegada de éste, en 1886, y traban una fuerte amistad. Cuando Van Gogh se afinca en Arles (1888), invita a Gauguin a instalarse allí, para pintar juntos y establecer una comunidad de artistas. Gauguin llega el 23 de octubre, pero las relaciones entre ambos se deterioran. Dos meses más tarde, se salva de ser atacado por Van Gogh, quien pocas horas después, se corta el lóbulo de la oreja izquierda. Gauguin parte el 24 de diciembre: no volverán verse nunca más.

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