26 de junio 2015 - 00:00

Verdades dichas con lucidez estremecedora

Cacace conduce con mano experta a un equipo de intérpretes muy bien entrenado capaz de lanzarse contra los límites de la ficción para abordar temas conocidos sin adornos ni disfraces, y lo hace a pura actuación.
Cacace conduce con mano experta a un equipo de intérpretes muy bien entrenado capaz de lanzarse contra los límites de la ficción para abordar temas conocidos sin adornos ni disfraces, y lo hace a pura actuación.
"Mi hijo sólo camina un poco más despacio" de I. MartiniDir.: G. Cacace. Int.: J.T. Soler, P. Fernández Mbarak y otros. Esc. y Vest.: A. Albelda. Dis.luces: D. Seldes. (Sala Apacheta)

Es una de esas obras que cada tanto sacuden el circuito teatral porteño irradiando una fascinación comprensible pero difícil de explicar. Y no porque se trate de una experiencia insólita, con recursos nunca antes vistos; sino porque "Mi hijo sólo camina un poco más despacio" aborda temas conocidos, sin adornos ni disfraces, y lo hace a pura actuación y con una lucidez estremecedora.

La ajustada puesta de Guillermo Cacace cuenta con un equipo de intérpretes muy bien entrenado capaz de lanzarse contra los límites de la ficción. Así, un actor enuncia las didascalias de la obra sin desentenderse de la acción dramática; en tanto que otros personajes avanzan sobre el público hasta casi rozarlo con su cuerpo y sus emociones. "Si me olvido la letra mis compañeros me van a ayudar", advierte la anciana actriz Elsa Bloise y es lo que finalmente sucede: otros actores se turnan para pasarle letra sin desarmar la escena.

Los distintos episodios se van articulando sin respetar un orden espacial ni temporal y esa estructura móvil parece realzar la autenticidad de esta representación en la cual la realidad emerge con todos sus matices y recovecos.

El núcleo argumental gira en torno de la fiesta de cumpleaños del adorable Brako (Juan Tupac Soler), el integrante más "sano" de la familia, confinado a una silla de ruedas debido a una enfermedad progresiva. Su madre (extraordinaria labor de Paula Fernandez Mbarak) no puede asumir ésta y otras realidades y se obsesiona con hacerlo feliz mientras gestiona como puede sus otras frustraciones y vínculos familiares.

Se diría que es una pieza "neo chejoviana", puesto que reedita ciertos temas del autor de "La gaviota" (la imposibilidad del individuo de concretar sus deseos, el tiempo como depredador de la belleza y de los sueños juveniles, el amor como un ideal inalcanzable) y los inserta en un crudo "aquí y ahora" de explosiva afectividad.

Al fin y al cabo no se trata de un texto de Chejov, sino del joven y talentoso autor croata Ivor Martini(1984), cuyos personajes no cultivan la apatía existencial ni disimulan sus angustias con charlas banales, sino que pelean entre sí de manera cruenta y amorosa. Ninguno quiere ver sus heridas y a la vez las gritan con desesperación, en medio de raptos de locura o con franca comicidad.

Brillante experiencia colectiva, guiada por Cacace con mano experta y en la que inevitablemente se destacan (además de Brako y su madre) otros personajes antológicos, como Doris (Romina Padoan) la hija relegada; Ana (Elsa Bloise) la abuela socarrona e insolente; Rita (Clarisa Korovsky) la tía que escupe verdades al borde del ataque de nervios, y la entrañable Sara (Pilar Boyle) una chica de pocas luces y tan necesitada de afecto que cree estar enamorada de Brako.

La pieza se exhibe en horario diurno (la luz natural ha sido realzada sutilmente por el iluminador David Seldes).

Dejá tu comentario