19 de julio 2023 - 00:00

Verde que te quiero verde: abrió el Moderno exposición ambientalista

“Manifiesto” está centrada en la obra de Nicolás García Uriburu, uno de los pioneros mundiales del land art.

Puño verde. Una de las obras emblemáticas de Nicolás García Uriburu.

Puño verde. Una de las obras emblemáticas de Nicolás García Uriburu.

La exposición del Museo Moderno, “Manifiesto verde”, se exhibe justo en el momento indicado: cuando arde la tierra en el Norte con temperaturas récord, muertes e incendios, mientras se acentúa el frío en la Argentina, entre otros desequilibrios climáticos. Dedicada a Nicolás García Uriburu (1937-2016), la exhibición pone en el centro de la escena al precursor del land art y un genuino pionero de la protección ambiental. Hoy, nadie puede dudar de que, si la sociedad hubiera hecho caso a la prédica del artista, otra sería la situación del mundo.

La muestra, curada por Alejandra Aguado con la asistencia de Rodrigo Barcos y el montaje de Daniela Thomas, reúne las más elocuentes pinturas de Uriburu, notables por su fuerza expresiva y muy difíciles de encontrar en otras exhibiciones. Si bien el título de la exposición del Moderno está tomado del álbum “Manifiesto” de 1973, donde el artista expresaba sus ideas, más que el discurso, conmueven las poderosas imágenes. Para comenzar, un puño verde, eléctrico, fluorescente y apretado con inusitada fuerza, representa la convicción de García Uriburu, cuando dice: “Denuncio con mi arte el antagonismo entre la naturaleza y la civilización. Es por eso que pinto mi cuerpo, mi sexo y las aguas del mundo. Los países más evolucionados están destruyendo el agua, la tierra, reservas del futuro en los países latinoamericanos”. Escrito con el estilo de las declaraciones vanguardistas, el “Manifiesto” contiene seis serigrafías. Radicado en París desde que ganó la beca del Premio Braque de 1965, García Uriburu regresó en 1973 a la Argentina con el pelo teñido de verde y exhibió sus serigrafías en el CAYC. Al año siguiente presentó su “Manifiesto” en la galería neoyorquina de Leo Castelli y, en 1975, en la Bienal de Arte Gráfico de Tokio, donde le otorgaron el Primer Premio Bienal de Tokio.

Una danza de delfines que recibe al visitante. Alejandra Aguado logra transmitir la atracción visual de un artista que “combinó gesto, palabra y pintura, que en 1973 comenzó su llamada ‘Serie verde’, un conjunto de pinturas que busca transmitir con contundencia su mensaje de liberación y alerta. Originalmente exhibidas en 1974 en el Museo Galliera de París, las obras presentan en distintos tonos de verde mapas físicos de Latinoamérica −a la que llamaba a emanciparse de la explotación del norte industrializado−, puños cerrados en actitud de protesta y enormes figuras de animales que se despliegan libres sobre escenarios urbanos simplificados. Lejos de ofrecer sólo una representación geográfica, las imágenes que muestran hidrografías, distribuciones territoriales y fauna autóctona, buscaban comunicar sus ideas de rebelión frente a los distintos mecanismos de poder que atentan contra el medio ambiente”. Allí está “Sucurí”, con más de cinco metros de extensión y cinco indígenas cargando esa portentosa anaconda junto al Río Amazonas. Con idéntico formato, se exhiben los patos multicolores de “El jardín del lago” y la gracia incomparable de los “Zapallos. Frutos de América”. Frente a la desaparición de los lugares intocados, el mensaje de García Uriburu se volvió más directo. Su arte apela a la ética del espectador. En “SOS. Brasil (Amazona), se percibe la desmesura del territorio y una luz amenazante en el horizonte. Una pantalla gigante reproduce la famosa Coloración del Gran Canal de Venecia (1968) plagada de resplandores. “Fue un golpe maestro, una espléndida demostración de higiene moral del arte,” señalaría el crítico Pierre Restany. El teórico francés reconoce que las acciones de Uriburu brindan respuesta a la crisis de la imagen. La única solución a dicha crisis -sostiene- consiste en conceptualizar la idea que motiva la imagen. Restany percibe el concepto político de las coloraciones y cita al uruguayo Ángel Kalemberg cuando dice: “Esta obra no es un objeto mercantil susceptible de ser vendido, intercambiado, coleccionado. La obra se ha convertido en idea”.

Si bien la saga veneciana de García Uriburu es la más conocida, en el año 1981 coloreó las aguas del Rhin en Düsseldorf acompañado por el célebre y enigmático alemán Joseph Beuys, artista que cambiaría para siempre el concepto de “obra de arte”. Sumado entonces a la batalla ecologista, Beuys invitó a García Uriburu a plantar los primeros árboles de los 7.000 robles que dispuso junto a unos bloques de concreto en la Documenta de Kassel de 1982.

Teniendo en cuenta “la impronta ecológica”, Aguado propone un diálogo con otros artistas argentinos cuyas obras, producidas entre la década de 1940 y la actualidad, reactivan el imaginario de la naturaleza. En el pasillo de ingreso figura un mural con un paisaje submarino de Marcelo Pombo. Y en la sala se encuentra un árbol bello y extraño. El “Arbol con frutos podridos” no ha perdido, sin embargo, la belleza. Pombo es un creador de ilusiones, capaz de imaginar universos de maravilla y de forjarlos con materiales precarios. Otra figura crucial de los años 90 es Feliciano Centurión, entre sus mantas bordadas hay una con un pulpo y otra con libélulas. En la sala se destaca Raquel Forner, una gran precursora de la mujer en el universo del arte. Sus pinturas de la serie “Las rocas”, ostentan la devastación del territorio que habita el hombre. Forner pintaba en los años 40 el dolor que le provocan los efectos de la guerra. Sobre la pureza de una base blanca y triangular se encuentra el bello jardín de Ricardo Garabito. Realizadas con cartón y papel pintado, las flores tienen cualidades sorprendentes: el volumen, los colores y las transparencias, compiten con la realidad.

Entretanto, con Florencia Böhtlingk como artista invitada, participan también Luis Fernando Benedit (amigo de García Uriburu desde la juventud), la grabadora rosarina Melé Bruniard, Juana Butler, Nora Correas, Casimiro Domingo, Edgardo Giménez, Juan Grela, Aid Herrera, Lido Iacopetti y Juan Tessi. “Las casi 80 obras de estos artistas aportaron a los movimientos artísticos lenguajes personalísimos nacidos de nuestro Sur en respuesta a las vivencias del Delta del Río Paraná, de los humedales, del Litoral, de las selvas misionera y amazónica, del paisaje andino. Estos y otros ecosistemas reencarnan emancipados en estas pinturas, dibujos, grabados y esculturas, donde encuentran lugar para respirar, mostrar su riqueza y sus entrañas”, concluye la curadora.

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