Video hogareño: ¿en vías de extinción?

Edición Impresa

El negocio de video hogareño floreció en el país en los albores de los años '80, y en muy poco tiempo se transformó en uno de los favoritos de los argentinos. Sin la penetración masiva con que cuentan los canales de cable en la actualidad, el video fue uno de los precursores de una modalidad de consumo de entretenimiento puertas adentro que se fue enriqueciendo con los años y generó ganancias para sus principales jugadores.

Para algunos de sus referentes de hoy, la decadencia actual no puede explicarse únicamente a partir de hechos puntuales como la crisis económica, los cambios en los hábitos del consumo, o la expansión del copiado ilegal y la piratería, sino que tiene raíces que responden a fallas estructurales del negocio y a procesos de concentración estratégica a nivel internacional.

Los sellos tradicionales en la era del VHS se disputaron el mercado a partir de transformarse en licenciatarios oficiales de los principales estudios de Hollywood. El principal pilar del video fue el alquiler, y con el tiempo se sumaron a la experiencia no sólo miles de videoclubes sino también cadenas dedicadas al tema, que hicieron de la concentración una herramienta para negociar mejores condiciones.

La más famosa de estas empresas es Blockbuster, pero no la única experiencia en este sentido que tuvo el sector. Con el paso de los años, al alquiler se le sumaron diferentes canales de comercialización, que abandonaron la exclusividad del videoclub y pasaron tanto a las góndolas de los supermercados como a los kioscos de diarios y revistas. La aparición y paultina masificación del DVD en los '90 cambió sustancialmente el negocio, requiriendo de las empresas una reformulación que, en algunos casos, no llegó a cuajar.

El DVD, desde el comienzo, fue un soporte mucho más sencillo de duplicar, y el copiado ilegal de discos se transformó en una actividad imposible de controlar. Por poner un ejemplo, cuando se implementaron medidas de seguridad para evitar el copiado de cintas VHS, dichos controles sólo podían evadirse al costo de contar con una verdadera «isla de edición» en el hogar, lo que dificultó su masificación.

En el caso del DVD, las cosas fueron mucho más sencillas porque estuvieron asociadas, primero, al crecimiento exponencial del mercado de la informática hogareña, y más tarde, a la penetración y ductilidad de Internet, no sólo a la hora de poner contenidos gratis a disposición sino también como una especie de zona franca en la que es posible adquirir el software necesario para evitar las salvaguardas de seguridad ideadas por la industria.

En tiempos del VHS, y vistas sus particularidades y fortalezas, las empresas del rubro dictaban las políticas de precios casi sin oposición destacable, lo que generó las propias estructuras internas para atender -o en algunos casos, desatender- a un mercado cuya única lógica era la de la novedad constante. La llegada del DVD dificultó enormemente el procedimiento, entre otras razones, por la ya expuesta facilidad de copiado, pero también por temas inherentes a la presentación física del medio, que implica un mayor cuidado en su manipulación y al que el uso intensivo y descuidado puede inutilizar fácilmente.

Otro tópico que pone más conflictividad al desempeño del alquiler de DVD fue el crecimiento del canal de venta directa, que en unos pocos años igualó y hasta superó, en número a unidades, al del alquiler, lo que generó incongruencias en los precios relativos: no es lo mismo lo que las empresas pretenden cobrar por un DVD para alquilar que lo que efectivamente pueden cobrar por uno que se comercializa directamente a un consumidor final, lo que produjo una importante polémica con los videoclubistas.

Y aunque hubo empresas que intentaron bajar sus precios a videoclubes para hacerlos más compatibles con los de la venta directa y, de paso, evitar el copiado ilegal dentro del mismo circuito de videoclubes, la iniciativa fracasó porque implicaba la venta de un mayor número de copias a ese canal, hecho que no se produjo y dio por tierra con la estrategia. La ecuación precio/calidad no es algo para la apreciación masiva de los consumidores de contenidos de este tipo.

Mercado

En su época de mayor gloria, la firma LK-Tel tuvo en su catálogo un puñado de sellos importantes, que en los años '80 fueron responsables del lanzamiento de grandes títulos cinematográficos. La desaparición de esos estudios, paulatinamente llevó a la empresa a contar, casi exclusivamente, con la representación de Sony Entertainment, poseedora del antiguo catálogo de Columbia Pictures y productora, en la actualidad de unos pocos títulos de relieve como las películas de «El hombre araña» o las nuevas entregas de la saga de «Terminator», sumados a una pléyade de producciones televisivas como «Seinfeld».

Con la crisis financiera internacional, Sony llegó a un acuerdo, en determinados países de Latinoamérica, con Disney, para que la última compañía se hiciera cargo de la distribución de esos títulos en los mercados locales, con lo que LK-Tel dejó de tener su razón de ser. A esto hay que sumar que la citada empresa local no producía sus DVD en el país sino que los importaba, con lo que la suba del dólar también la afectó en términos reales, en un mercado suntuario cuyos valores al público no podían modificarse sustancialmente sin generar una segura caída de las ventas. Con el traspaso de los títulos a nivel latinoamericano, el futuro de los productos de Sony iba a pasar --en principio-- a manos de Gativideo, distribuidora local de Disney en el circuito de los videoclubes.

Gativideo, por la variedad de su catálogo y los sellos cuyas licencias poseía, era una empresa de mayor envergadura que la anterior, representando en el país a grandes estudios como 20th Century Fox -poseedor, además del catálogo de MGM- y Buena Vista International -es decir, Disney y sus distribuidoras subsidiarias como Dimension, Miramax y la cadena televisiva ABC-, hecho que le daba el derecho de editar productos tan exitosos como las series de televisión «Los Simpson», «24» o «Lost».

Sin embargo, la situación de Gativideo hoy es distinta. La versión más insistente en el sector es que continuaría con su actividad de distribución pero dejaría de editar DVDs a fin de mes. El hecho tomó estado público hace unas semanas a partir de la publicación de notas en sitios como El Reporter del Espectáculo y MDZ.online. En ambos casos refieren a la incidencia directa de la piratería en la decisión. En su página web de lanzamientos de agosto sólo figuran títulos de sellos pequeños, como Legal Video, y, entre los futuros, aunque sin fecha, films taquilleros de Twentieh Century Fox como «X Men: Orígenes», «Una noche en el museo 2» y «Dragonball Evolution».

Pero también hay un dato a considerar: Disney Argentina tiene intenciones de transformarse en editora y distribuidora en el mercado local -actividad que en alguna medida ya lleva adelante, por lo menos en el circuito de venta directa--, con lo cual la poderosa firma ya no requiriría de representación para cumplir con esas funciones. Disney, que comenzaría a participar en la distribución en el canal de videoclubes y cadenas de alquiler, aspiraría, además, a quedarse con la licencia de los productos de 20th Century Fox y subsidiarias.

Estos movimientos, por el momento, dejan a AVH y a Transeuropa/SBP como jugadores de peso y representación en el medio, a quienes se suman una serie de editoras más pequeñas, que intentan cubrir los intersticios que existen en el mercado a través de la edición de títulos clásicos o que, por una u otra razón, han quedado en una especie de limbo. Entre estas compañías se pueden citar a Emerald y a Época, cuyos catálogos están principalmente constituídos por materiales que ya habían editado en VHS antes de la modificación de la norma que rige el tema de los derechos de autor actualmente en la Argentina, lo que les ha permitido conservarlos como propios aunque sin ningún aval de los productores originales extranjeros.

Dejá tu comentario