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Vientos de ajuste en Wall Street
José Siaba Serrate
Pero ¿alcanza para justificar un barril de crudo de 70 dólares? ¿O para cruzar tan pronto el Rubicón de los 1.000 puntos del índice S&P500? No basta con la mera supervivencia para obtener una respuesta afirmativa. La economía no luce tan rozagante como para echarse a correr deprisa como lo sugieren los precios de las materias primas. La rehabilitación, al decir del propio Blanchard, no será sencilla. «La crisis dejó cicatrices profundas que afectarán tanto la oferta como la demanda por muchos años».
Japón protagonizó la recuperación más vibrante del G-7 y amerita echarle un vistazo. Creció un 3,7% anualizado entre abril y junio. Rebotó a la manera de un tentempié algo desinflado: había caído un 11,7% en los primeros tres meses de 2009. De hecho, la performance de los EE.UU. -pese a contraerse 1% en el segundo trimestre (lo que probablemente se transforme en una caída revisada del 1,5%)- es muy superior, a lo largo de la crisis, que la de cualquiera de los países que se le adelantaron en la recuperación, a excepción de China. Como ocurrió también en EE.UU. y en Europa, la demanda del sector privado se redujo en Japón y fue el gasto público el que torció la inercia (con una contribución positiva de las exportaciones netas, cortesía de China y el resto de Asia). La debilidad de la demanda privada es el leitmotiv en la preocupación por la calidad del crecimiento observado. Desde ya que sin una progresiva recomposición del gasto privado ninguna recuperación será sostenible. Pero es temprano para rasgarse las vestiduras y emitir un veredicto. Como punto a favor, puede anotarse que la demanda privada -en EE.UU., Europa y Japón- moderó su ritmo de baja (más aún si se excluye el recorte de inventarios).
Queda claro que el talón de Aquiles de la situación actual es la gran dependencia de las iniciativas de estímulo. Pese a sus detractores, la política de gasto fiscal sí resultó efectiva en el corto plazo. Y todavía no agotó toda su munición. Junto con el bálsamo monetario, provee, pues, la plataforma de estabilidad básica para que la economía carretee. Y como despegar y tomar altura debería llevar tiempo -hoy el sector privado es como el Spruce Goose de Howard Hughes- resulta vital que el estímulo oficial no se interrumpa; que su pista esté disponible también si la pesadez de la carga obliga a abortar el vuelo una vez iniciado. Cruzar el Rubicón de los 1.000 puntos del S&P y mantener el avance exige, sí o sí, garantizar el acceso a dichas prestaciones extraordinarias.
Ya se comentaron aquí las vicisitudes del consumo en los EE.UU. (en nota del lunes último). No se insistirá. Debido al exceso de capacidad instalada, tampoco cabe esperar una pronta mejoría de la inversión. ¿Cómo tornar compatible la fuerte reacción alcista de los precios de las materias primas con la marcada debilidad de la demanda final que trasuntan, por ejemplo, los precios mayoristas de los EE.UU. cayendo en picada? Afianzar la incipiente recuperación es todavía asunto pendiente; en cambio, la suba de los precios de las materias primas es una realidad hecha y derecha. Cómo los absorberá la demanda final de productos es un enigma de gran interés. Por ahora, se confía en que China y otras economías emergentes darán cuenta del problema. Pero para jugar de efectivo contrapeso, ello obligará a una reconversión profunda. Sus estrategias de crecimiento deberán mudar y orientarse hacia adentro. Y aunque el éxito se dé por sentado, no es una transformación que se produzca de un día para el otro o sin contratiempos. Si esa fe se resquebraja, las grietas pueden cobrar gran tamaño con rapidez. Ya se vio cómo la Bolsa de Shanghai pudo elevarse un 103% en una suba tenaz desde noviembre y, en un par de semanas de desaliento, devolver sin preaviso un 17%.
Podría argumentarse también que las Bolsas y los mercados de activos de riesgo apostaron a favor de la recuperación antes que nadie, y a pesar de todos los argumentos válidos en contra, lograron hacer cumbre. Los aires de corrección, la sensación térmica de que algo grave puede ocurrir, cuando paradójicamente ya se superó lo peor, equivalen a una lógica depresión posparto. La discusión sobre la catástrofe quedó atrás. Debatir si el crecimiento será magro o vigoroso supone un riesgo sustancialmente menor. Si la historia sirve de guía, las Bolsas se tomarán un descanso y saldrán, una vez más, como es su estilo, en busca de la respuesta mucho antes de que se reúna la evidencia. Esa expedición no tiene fecha precisa de inicio, pero los cabeceos de las cotizaciones reflejan que hay otro temor en boga: el de bajarse a destiempo y perderse la partida.


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