17 de mayo 2011 - 00:00

Vitali y Lamothe o la violencia sin rodeos

Las flores que abren la muestra «Nieva adentro», de Román Vitali, forman parte de un simulacro: el artista parodia el interior de un salón con trofeos de caza, entre ellos cabezas humanas.
Las flores que abren la muestra «Nieva adentro», de Román Vitali, forman parte de un simulacro: el artista parodia el interior de un salón con trofeos de caza, entre ellos cabezas humanas.
La galería Ruth Benzacar exhibe en estos días «Nieva adentro» de Román Vitali, y «Función. La acción se repite» de Luciana Lamothe, dos muestras que coinciden, a pesar de la diversidad de sus estilos, en su gran atractivo visual y en el tema, pues ambas abordan la violencia sin rodeos.

En la muestra de Vitali subyace la historia de una carrera que se inició hace más de tres lustros en su Rosario natal, cuando en sus giras al interior del país, Jorge Gumier Maier le contagió su afán por la búsqueda del placer que depara la belleza. En el año 1997 Vitali llegó a la beca de Guillermo Kuitca. El grupito de críticos de arte y coleccionistas que visitaron el Open Studio, invadido entonces por la estética ornamental y juguetona que caracterizó el arte argentino de los años 90, descubrió un artista que ensartaba cuentas de colores facetadas semejantes a zafiros, esmeraldas, o diamantes. Con este material inusual, el artista creaba unas esculturas incomparables, resplandecientes como bijou de fantasía.

Una hilera de árboles mecidos por el viento y una bandera, salieron de su taller ese día, pasaron a formar parte de inmediato de dos colecciones argentinas. Vitali tenía entonces 28 años y compartía sin reservas el espíritu de la beca, que dejaba atrás el gesto neoexpresionista de la década del 80.

Ese universo ideal, donde los artistas disfrutaban de su quehacer, se desmoronaría de repente. Con el arribo del nuevo siglo, la crisis de 2001 y la poderosa fuerza del mainstream dominante, recobraron vigencia el arte político y conceptual. Pronto se barrió la brillantina, y se ocultaron los globos y el cotillón. Así, la batalla local entablada entre el arte Rosa Light (presuntamente ajeno a todo compromiso social) y Rosa Luxemburgo (comprometido), la ganó Luxemburgo con un apabullante apoyo de los críticos y curadores de aquí y de allá, es decir, con el amplio aval de los grandes centros internacionales donde se legitima el arte. A León Ferrari se le otorgó el León de Oro de la Bienal de Venecia y, a cambio de su avión bombardero, que carga con el cadáver de Cristo, le ofrecieron un millón de dólares.

Entretanto, Vitali se atrincheraba en sus cuarteles rosarinos. Con una terquedad poco común y a contrapelo de la estética que imponen los tiempos actuales, sin siquiera tomar en cuenta el rumbo que señala el arte digno de ser consagrado (para Latinoamérica el abstracto), produjo una obra portentosa. Ahora ha regresado para confirmar su estilo, con una auténtica eclosión de formas y colores radiantes, de flores y personajes de cuento que ocupan la gran sala de la galería Benzacar.

Al ingresar se divisa una mesa inmensa cargada de flores, dueña de una belleza que remite al pasado. La obra forma parte un simulacro. El artista parodia el interior de un salón donde hay trofeos de caza que cuelgan de la pared, entre ellos, están los que ostentan cabezas humanas y un lobo con las fauces abiertas. Los elegantes sillones de cuero negro, como si se previera una inundación, apoyan sus patas sobre libros apilados. Nadie se sienta en ellos, pero en el piso hay charcos de sangre color rubí. En uno de los muros hay un árbol y, el dibujo de sus ramas, cual panoplia de particular diseño, está trazado con rifles y carabinas. Como un símbolo, en una esquina de la sala, un muñeco de nieve comienza a derretirse y el agua brilla como una cascada de diamantes.

Mientras por un lado, el bordado y el bricolage, así como las expresiones subjetivas del arte de la intimidad, son mirados con absoluta indiferencia por los críticos del circuito internacional, que mucho no entienden esta pasión argentina. Por otro lado se suma el desinterés local. Es decir, desde un punto de vista metafórico, a la intemperie de afuera, donde el ornamento suele ser visto como un delito, se agrega que «nieva adentro». En el texto del catálogo de la muestra, el propio Román Vitali escribe, «Ornamento. Delito», una cita velada al ensayo del arquitecto Adolf Loos, quien en «Ornamento y delito» abjura de la banalidad del Art Nouveau y adhiere al rigor racionalista y el hielo del hormigón armado.

La obra de Vitali no es siempre narrativa ni decorativa, tiene piezas minimalistas. Pero en Benzacar exhibe sus expresiones barrocas. Lejos de amilanarse frente a la insensibilidad de quienes decretaron el fin de una estética que resultó ser genuinamente argentina, Vitali produjo obra tras obra, se afirmó en el dominio de una manualidad, de un oficio que inviste sus trabajos de un carácter más humano, que lo distancia de la frialdad serial que hoy conllevan las nuevas tecnologías.

Así enhebró miles y miles de cuentas de colores, hasta lograr que se fueran alineando, unas tras otras, para contar la historia de una cacería sangrienta, un relato escalofriante, de víctimas y victimarios que se juegan la vida.

Lamothe

En el subsuelo de la galería, Luciana Lamothe expone una violencia feroz, sin el atenuante de la belleza del color o las formas. La artista que este año participa de la Beca Kuitca, diseñó una máquina infernal, montó una serie de lanzas sobre dos andamios con ruedas. Durante una performance, Lamothe se encargó de perforar la pared, utilizando su máquina como eficaz herramienta, empujándola una y otra vez hasta lograr su objetivo.

Luego, la obra en sí, consiste en esta insólita escultura de factura industrial color acero que ocupa una sala iluminada por una luz blanca y fría, pero también en la visión que se percibe a través de esos agujeros. Del otro lado de la sala se vislumbra la trastienda de la galería; allí está el arte, en un espacio que provoca el deseo de acceder a él, bañado por una luz cálida. Los datos que aporta la artista sobre el sentido de la obra son escasos, pero las mirillas que permiten atisbar ese sitio, cerrado por lo general a la mirada del espectador que recorre las muestras, lleva a evocar la misteriosa «Étant donnés» de Duchamp que induce a espiar lo prohibido. El sentido de la obra del francés sigue siendo un enigma; no obstante, el tema de Lamothe gira en torno de las posibilidades de la visión, de los placeres que depara la visión al sujeto que específica y voluntariamente se dedica a mirar.

Ambos, Vitali y Lamothe, nos hablan del poder de seducción retiniano y de la dictadura que impide disfrutar de él.

Dejá tu comentario