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Voces valiosas, y puesta disparatada
Más que la caprichosa puesta en escena, lo que molestó al público del Colón fue que el director de escena rumano Silviu Pucarete empleara la misma escenografía para dos óperas que nada tienen que ver entre sí.
Catorce años separan las génesis de las dos óperas de Sergei Rachmaninov que el teatro Colón acaba de presentar por primera vez en la Argentina: "Aleko" (1892), que evidencia la maestría de un jovencísimo compositor, y "Francesca da Rimini" (1906), obra de un artista en plena madurez creativa.
No es necesario hilar muy fino para encontrar un paralelo entre los argumentos de "Aleko" (basada en un poema narrativo de Pushkin, "Los gitanos") y "Carmen", la ópera que inauguró la temporada lírica y que volverá en forma de ballet a fines de junio. Situado uno en Besarabia y otro en el sur de España, el conflicto es idéntico en los dos: una gitana arrastra a la vida nómade a un hombre de otra cultura (ruso en Pushkin, vasco en Mérimée) incapaz de comprender su idiosincrasia; el sujeto, traicionado, aniquilará en su desesperación al objeto de su amor. Hay inclusive en el libreto de "Aleko" dos citas casi textuales de la pieza de Bizet: "Yo canto para mí y "Amo a otro y moriré amándolo", dice Zemfira. La música es pintoresca, la orquestación rica, las escenas corales vibrantes y las arias inspiradas. "Francesca da Rimini", basada en el Canto Quinto del "Infierno" de Dante Alighieri, posee un lenguaje musical bien distinto, uno de cuyos rasgos sobresalientes es el tratamiento obsesivo de los motivos en la orquesta. El talento melódico, omnipresente en Rachmaninov, es también aquí un capital invalorable.
El director de escena rumano Silviu Pucarete (ostensiblemente abucheado desde todas las ubicaciones en el estreno) trazó una línea que une ambas historias, y no sólo en la utilización en ambos casos del dispositivo escénico y los cantantes. La idea en abstracto tiene su interés: las dos tramas están centradas en un amor juvenil e ilegítimo castigado con la muerte. Lo que no funciona plenamente aquí es la realización: los elementos dispersos en "Aleko", ambientada en el seno de una compañía ambulante al estilo "Pagliacci" (un oso bailarín, arlequines, personajes en zancos y un viejo auto naranja) vuelven a aparecer en "Francesca..." sin que nada más que el capricho del régisseur justifique su inclusión. En líneas generales una chatura estética y conceptual parece sobrevolarlo todo, y apenas el sutil trabajo de iluminación de Henry Skelton reporta alguna satisfacción poética.
Correcto es el elenco en su totalidad. Sergei Leiferkus, experimentado barítono ya conocido por el público del Colón, fue impecable en su composición hierática de Aleko y Lanceotto Malatesta. Como Zemfira y Francesca tuvo un buen debut la soprano Irina Oknina, que luego de un comienzo inseguro convenció con su voz rica en armónicos. Leonid Zakhozhaev, aquel Sigfrido que tomaba mate en el (in)olvidable "Colón-Ring", desplegó su gran caudal y sus dotes actorales como el Joven Gitano amante de Zemfira y como el Dante que recorre su propio Infierno. Durísimo en la escena, el tenor Hugh Smith salió airoso (salvo por algún agudo ahogado) del difícil papel de Paolo Malatesta, y el bajo Maxim Kuzmin-Karavaev cumplió con creces en los papeles de Un viejo Gitano y de Virgilio, en tanto que en su breve intervención conformó la argentina Guadalupe Barrientos.
Pilar fundamental de la realización musical fue la excelente labor del Coro Estable dirigido por Miguel Martínez en las bellas páginas que Rachmaninov le asignó. Mucho menos inspirada sonó la Orquesta en manos de Ira Levin: su labor fue técnicamente correcta pero carente de brío y de pasión.


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