21 de noviembre 2012 - 00:00

Wall St. le teme más al abismo de los dividendos

¿A qué le teme Wall Street? Ya se dijo que el precipicio fiscal se asemeja a una montaña rusa de parque de diversiones. Se baja deprisa, pero, como se vio ayer, también se sube de la misma manera. La clave es cómo se negociará la curva que cierre el recorrido. Todo el mundo espera que haya un acuerdo bipartidario de última hora que desactive el frenesí. ¿A qué se le teme, pues, en verdad? ¿A un error de cálculo? Sí. Y ya se vio en 2011 lo costoso que puede resultar. Aunque los precios de las acciones se recobraron plenamente, y luego treparían con pie firme a nuevas alturas, el súbito vuelco de agosto demoró cinco largos meses en cicatrizar.

¿Preocupa el impacto sobre la demanda agregada del eventual acuerdo entre los partidos? Todavía más. Que no haya salto al vacío no significa que no obre un recorte del impulso fiscal. Y en una economía sin bríos es difícil pensar en una receta menos oportuna. La caída de la Bolsa no es vertical sino acotada. No desentona con esa visión intermedia: no habrá acantilado pero sí un barquinazo que le quitará ritmo a la recuperación sin hundirla necesariamente en la fatídica doble recesión.

Sin embargo, lo que más alimenta el nerviosismo no es el riesgo de una desaceleración. Más que la «macroeconomía» de un futuro acuerdo fiscal, lo que quita el sueño es la «micro». Ninguna otra amenaza explica mejor la reacción de Wall Street. Ya se expuso aquí, cuando la calle se codeaba con los récords de septiembre, que el entusiasmo del Dow Jones Industrial no era compartido por la canasta prima hermana del Dow Jones de Transportes. El balance de FedEx daba cuenta de la debilidad de la economía, y mientras el DJ Industrial miraba para el lado de la Fed y el QE3 y optaba por subir, el DJ de Transportes se inclinaba por la pesadez de los despachos de correo y mensajería, y prefería retroceder. Pero esa pulseada se saldó con un salomónico empate a medida que mejoraron los indicadores económicos. Y desde que talla el tema del precipicio fiscal, la caída de ambos se verifica pari passu. ¿No es extraño? Los transportes son un sector fuertemente cíclico y deberían sufrir en mayor medida. Pero no es así. Y no se trata de una aberración sino de la regla del momento. Las acciones de consumo discrecional no son más castigadas que las de consumo básico, que resistirían mucho mejor el vendaval de una recesión. Los indicadores de sobreventa en renglones como telecomunicaciones y atención de la salud (un favorito en los planes de Obama) no difieren de los que ostenta el muy volátil segmento de materiales. Y la frutilla del postre: desde que comenzó noviembre, el sector defensivo por antonomasia, las acciones de las compañías de servicios públicos («utilities»), caen mucho más que el propio Dow Jones Industrial. Casi el doble. Sería un dislate si el riesgo principal fuera la recesión.

Habrá un acuerdo fiscal y no un salto al abismo. Quizá la economía se resienta (aunque no se llegue a una recaída recesiva, como en Europa). Pero lo más difícil será zafar de los cambios en la tributación. ¿Qué se teme? Que los gravámenes sobre el pago de dividendos no permanezcan indemnes. Por eso sucumben las acciones de las «utilities». Las compañías de servicios públicos básicos son el bastión defensivo de Wall Street. Sus negocios maduros están poco expuestos a las inclemencias del ciclo económico y proporcionan una corriente de dividendos alta y estable en el tiempo. Resistirán mejor que nadie los trastornos de una recesión. Pero, ¿podrán esquivar la gravosa factura que Obama preparó en su plataforma de campaña? La duda tiene que ser grande para que se vendan los papeles así, a dos manos. Si Romney concede sobre el particular, los dividendos que reciban aquellos que ganen más de 200 mil dólares al año (o 250 mil en el caso de matrimonios) pasarán de tributar al 15% a hacerlo a la tasa del impuesto a las ganancias ordinarias. La alícuota máxima sería del 35%. Y la propuesta de Obama es volver a los topes que regían en tiempos de Clinton, es decir, el 39,6%. Además, sobre ese nivel obraría el recargo del 3,8% del impuesto para sufragar Medicare. ¿Trepará la alícuota del 15% actual a un pico del 43,4% a partir de enero? Difícil, por no decir imposible. Este es el terreno urticante de la negociación. No en vano el 82% de las donaciones de campaña provenientes de hedge funds y de la industria de private equity se dirigió a Romney (cuando en 2008 Obama había recibido el 60%). Pero Wall Street tiene sus sospechas. No cree tampoco que la foto de hoy se podrá congelar sin aceptar retoques de peso.

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