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Wall St. se prepara para bendición de fin de año
Cuando a fines del año pasado todavía se discutía el abismo fiscal, el Dow Jones Industrial se ubicaba por debajo de los 13.000 puntos. Cruzó el millar siguiente en febrero y cuando apuntó a los 15.000 en mayo pensamos que era demasiada ambición demasiado pronto. Una de dos, se supuso entonces. O una agachada violenta creaba el espacio de súbito para facilitar el posterior envión a la manera de una contraofensiva mortífera o haría falta un repliegue lateral durante unos meses (que calzaban justo con el "Sell in May") para reunir las fuerzas suficientes y abordar con éxito el desafío. Se dio una tercera y la meta fue vencida con facilidad: mayo resultó una tromba.
Luego caló la advertencia de Ben Bernanke y la idea del comienzo del fin del QE3 y la Bolsa debió prestar atención. A diferencia de los bonos que se cayeron a plomo, escapó hacia los costados, pudo masticar la idea sin desmoronarse y extraer su lado positivo. La Fed quería reducir la compra de bonos porque preveía una economía más robusta. Y, eureka, esa bonanza en ciernes, en la que -al parecer- no se había reparado justificaba nuevos récords. Más tarde, las proyecciones se probarían groseramente erradas. Créase o no, fue otra buena noticia que también se festejó (con una nueva cima): el QE3 seguiría en pie, indemne. ¿Pero uno podría preguntarse, y la suba a cuenta del mayor crecimiento? La nota de crédito ya se había cobrado, pero no hubo que devolverla. Es el espíritu de la época.
El "shutdown" -el cierre parcial del Gobierno- sobrevino después. En 2011, cuando también se discutió el "techo" de la deuda pública, no se llegó a tanto y, sin embargo, la Bolsa se derrumbó más del 19%. Esta vez Wall Street no mordió el anzuelo que le tendieron los políticos. No se asustó. Y antes que cesara la parálisis, retomó los avances. Las acciones suman siete semanas consecutivas en alza. Y una ristra de récords.
El año 2013 es un baúl cargado de sorpresas. El "sell in May", la maldición de mayo que suele deprimir los retornos hasta noviembre, se tomó un año sabático. Desde principios de enero, el Dow Jones Industrial trepó más del 22% y el S&P500 más del 26%. Pero los sectores con pimienta (que son también los de mayor riesgo) superaron con creces el 30%: allí descollaron las acciones tecnológicas y de pequeñas compañías. Un renglón cíclico -como el Dow Jones de Transporte- acumula el 35% de avance. Llamativa muestra de confianza en una economía que desaceleró su crecimiento real por debajo del 2%.
Dijimos una semana atrás que Janet Yellen, la probable sucesora de Bernanke al frente de la Fed, adelantó el Día de Acción de Gracias con su pacífico mensaje a su paso por el Senado. La voz más agresiva que se escuchó estos días no provino, por cierto, del banco central. Fue la de un empresario, Carl Icahn, quien alertó por los riesgos de un cataclismo. La silueta de un octubre 87 es fácil de adivinar en el arabesco ascendente que trazan las cotizaciones, pero los extremos cuidados de la Fed marcan la diferencia. En ese entonces, un novel Alan Greenspan estaba dispuesto a izar la tasa de fed funds, un legado del áspero Paul Volcker, ignorante de los peligros hasta que lo notificó el Lunes Negro.
El jueves arranca la estación más favorable para las acciones. El feriado de Acción de Gracias es el mojón formal. Si no rigió la maldición de mayo, ¿tendrán vigencia los rallies habituales de fin de año? ¿Se montará un rally sobre otro, sin solución de continuidad, como una exhalación? La economía no tiene prisa. Los fundamentos marchan a un trote cansino. Lo que sí ayuda es que el porcentaje de optimistas disminuya cuando las cotizaciones se empinan. El aliado principal de la Bolsa es la ausencia de algarabía. No hay euforia, pero sí hay flujos de inversión. Y el susto de los bonos le lleva más agua a su molino. ¿Con eso alcanza? No se sabe. Pero alcanzó hasta ahora.


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