29 de octubre 2012 - 00:00

Wall St. sólo teme huracán Sandy

José Siaba Serrate - Economista
José Siaba Serrate - Economista
Fue una semana de alto riesgo. Wall Street, a falta de una, llevó dos espadas sobre su cabeza. La temporada de balances, que fluye como una catarata incesante de puñaladas. Y la sombra del crac de octubre de 1987, un intangible que flota en el estado de ánimo como la promesa anunciada de un hachazo terrible. Se puede morir de las dos formas: desangrado poco a poco por las decepciones sucesivas de las noticias empresarias o despeñado como en el Lunes Negro de 1987, cuando la tierra se abrió a los pies de los inversores. Bajo presión, Wall Street pudo negociar bien el entrevero. Al costo de un módico retroceso, evitó la zozobra. El mayor peligro en Manhattan, ahora, es «Frankenstorm», el huracán Sandy.

Desde los máximos post Lehman de septiembre, el Dow Jones se replegó el 4%. Si bien se mira, es una corrección que no deja de ser modesta. La profusión de pésimos balances y la rebaja de las expectativas no cobraron un peaje demasiado elevado. En rigor, lo que sí hicieron fue truncar el rally a caballo del QE3. Ya se dijo: se descontaba la merma de las ganancias, pero no el fracaso de dos de cada tres firmas en satisfacer previsiones de ingresos por ventas poco exigentes. Y si bien los balances seguirán brotando en gran número, no cabe esperar que tuerzan el rumbo. El mundo de los negocios cayó en un lodazal y no saldrá de allí, con suerte, hasta comenzado 2013. Siempre y cuando la política tenga a bien negociar lo suyo y convertir el «precipicio fiscal» en una suave hondonada.

El QE3 -y la gran cruzada de los bancos centrales- no encendió ninguna euforia. Pero no fue en balde; 25 años atrás una Fed empeñada en frenar el exceso de entusiasmo de la economía provocó, sin quererlo, el derrumbe de los mercados (aunque reaccionó con presteza y la expansión de la actividad real no descarriló). ¿Qué no daría la Fed -y sus colegas de rubro- para inyectar tal entusiasmo hoy en día? La suba de tasas gatilló el crac de 1987. En la actualidad no hay ánimo alguno de agresión monetaria. La Fed vislumbra las tasas a ras del suelo por los próximos dos años y medio.

Amazon y Apple develaron pobres balances y, sin embargo, el infierno tan temido no aconteció. En la corrección, el NASDAQ fue el primero de los grandes índices en irse a pique; en la semana rompió el molde manteniendo la compostura (y las cotizaciones). Amazon encontró compradores alentados por la relación entre un balance peor que lo esperado, pero no tan malo, y el impacto adverso inicial en sus precios. El papel cerró la semana en alza. Apple no lo pudo lograr, pero si el ejemplo cunde, habrá quien privilegie los más de cien dólares que ya se les rebanaron a sus máximos de septiembre. A medida que el malestar corporativo se incorpora a precios, la capacidad de tracción de los estados contables debería disminuir (como lo sugieren Apple y Amazon). La temporada alta de los balances terminará en cinco ruedas y el bombardeo de las malas noticias perderá intensidad. A la par, el QE3 se mantendrá tenaz. Un mal informe de empleo, este viernes, podría enturbiar el panorama, pero el QE3 está diseñado para responder rápidamente. Se reforzaría con más compras de bonos en una versión 2.0. Ocurre que, sin hacer aspavientos, la Fed migró a un régimen de metas (tácitas) de (des)empleo.

¿Es la economía el problema detrás del tropiezo de los balances? Las empresas dicen que sí. Los números lo niegan. Todos tienen su parte de razón. El pulso del PBI se aceleró: del 1,3% en el segundo trimestre al 2% en el tercero (superando las proyecciones previas de un 1,8%). El consumidor resiste a pie firme. La compra de bienes durables de consumo, que se estancó entre marzo y junio, rebotó el 8,5%. Los sectores más zamarreados por la crisis como la construcción residencial -que avanzó el 14,4%- ya no restan sino suman a favor. El gasto público aumentó -por primera vez desde el segundo trimestre de 2010- aunque se sabe que si Obama gana la reelección, no tiene chances de repetir el robusto 3,7%. Los dolores de cabeza, que no impidieron el crecimiento al 2%, se insinúan en el escaso incremento del ingreso personal disponible (0,8%), la caída de las exportaciones (-1,6%) y, sobre todo, en el brusco frenazo de la inversión que deciden las empresas. Allí sí se ve una pared y la huella de una colisión. La inversión fija no residencial cayó el 1,3% (tras crecer el 3,6% el segundo trimestre, el 9,5% el cuarto trimestre de 2011 y el 19% exactamente un año atrás). Acá está la madre del borrego. La inversión en equipamiento y software, que no cesó de desplegarse desde que se abandonó la recesión a mediados de 2009, clavó un cero decepcionante como el de una mesa de ruleta. ¿Qué asusta a las empresas? ¿Qué las estremeció? ¿La incertidumbre electoral? ¿El precipicio fiscal? La economía que ellas no deciden repuntó. Es su propio temor lo que resulta temible. Wall Street ya tomó nota. Washington hará bien en ocuparse.

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