28 de julio 2014 - 00:00

Wall Street, entre el temor a las burbujas y la reunión de la Fed

Tanto hablar de burbujas que por ahí la Bolsa se la cree y clava, miércoles y jueves, un par de récords flamantes, casi sin esfuerzo, como quien se palpa y extrae, aunque no los busque, un par de pañuelos a estrenar del bolsillo. No es arrogancia. Las cotizaciones son muy elevadas, pero el mercado bull es cualquier cosa menos altanero. Si se analiza la encuesta de sentimiento minorista se verá que ha vuelto a haber más escépticos sobre el futuro cercano -los próximos seis meses- que optimistas. Como si a los precios no los pusieran los inversores, sino la mano de Dios.

Tanto se mentan las burbujas que hasta Alan Greenspan, antaño el "maestro" de la Fed, es rescatado del ostracismo para recabarle opinión. Después de todo, él acuñó la expresión "exuberancia irracional" y la usó a la manera de crucifijo para desinflar (sin éxito) la efervescencia que le tocó en suerte presidir. Si hay algo que Greenspan aprendió -se nota por su actual reserva- es a no apresurar el juicio. De lo

que sí está seguro, y lo afirma a los cuatro vientos, es de que, de haber una burbuja, no cejará sin un "crunch" crediticio. Será recién cuando la Fed apriete las clavijas de la política monetaria que se sabrá. O tal vez antes, cuando el tema del ajuste se adueñe de la agenda.

Tanto discutir de burbujas, tanta sospecha sobre la resiliencia de la Bolsa, que cuando la suba se queda sin aire, más si es de súbito como el viernes temprano, la primera idea que sobreviene es que quizá sí, finalmente, como era lógico, se pinchó el globo. Que no sorprenda: dijimos ya que los pesimistas son una legión en alza. Entonces, cualquier indicio realimenta los temores: la brecha bajista de precios con que arrancó la rueda -ojo, la segunda en tres semanas- pasa a ser la "evidencia" que confirma una herida letal. Sabemos también que el mercado alcista vive, todos estos años, del desaire sistemático de tales afirmaciones ad hoc. La bonanza no durará por siempre, desde ya, pero conviene entender que menear la acechanza de una efervescencia es el mejor antídoto contra su aparición.

Hay quien habla, y hay quien se ocupa. La Fed, que se reúne esta semana, niega que haya burbuja, pero sí reconoce la presencia de excesos. La propia Yellen, un mes atrás, les disparó a los mercados crediticios de baja calidad y (ya no) altos rendimientos. Y los resultados reposan sobre el mostrador. La Bolsa sube; los bonos "basura", no. Es eficaz Mrs. Yellen, y lo que busca lo consigue con intensa suavidad. Los flujos de recursos hoy saltean ese destino preciso y, a consecuencia de la sequía, los precios se desinflan, sin prisa, pero con nitidez. Un exceso no es una burbuja, pero podría llegar a serlo. No lo será si Yellen lo derrite con su mera palabra, antes siquiera de apelar al extintor de la suba de tasas. Dos semanas atrás, a su advertencia se sumaron las acciones de pequeñas compañías, redes de social media y biotecnología. En estos días, las que sufren el tormento, como lo atestigua el índice Russell 2000, son las firmas de limitada envergadura. Nada grave, pero suficiente para apagar los bríos que pudieran incomodar. ¿Tendrá la Fed, tras su reunión, que volver sobre el particular, o teatralizar la cercanía de un viraje de política? A menos que se haya guardado algún otro sector punible bajo el brazo, se diría que no, que todo marcha sobre ruedas, en terreno fangoso, eso sí, que impide ir más rápido y que, a la vez, desaconseja pisar con brusquedad el freno.

Nada sugiere, ni el flojo desempeño del viernes, que la Bolsa esté lastimada. No luce afectada por la novedad de un par de malos balances -que no empañan la buena temporada- ni por la desolación de Ucrania y Medio Oriente, pero sí se percibe un cansancio. ¿Podríamos entrar de nuevo en un mercado lateral que se tome su tiempo antes de continuar el ascenso? Se ve al Dow Jones batallar con los 17 mil puntos -la maldición de los números redondos- y si se piensa que al S&P 500 lo espera otro -los 2 mil puntos- es probable que haya que hacer un alto en el camino. Ya sea porque la conquista se precipita y fracasa. O porque se prefiere reponer fuerzas y embestir más tarde, con mejores chances de éxito.

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