¿Y si EE.UU. se recupera como una raíz cuadrada?

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La economía se recupera en los EE.UU. Los empleos, no. La economía crece y rápido. No sorprenderá si su recorrido, en el trimestre a setiembre, alcanza un 3%. Pero, a la par, los puestos de trabajo no aumentan. Y no lo harán antes de 2010. Las Bolsas, que -como es su costumbre- se abrieron camino antes que la propia economía, titubean. Sin embargo, en última instancia, como se observó el viernes, todavía prefieren aferrarse a los avances logrados y no ceder un tranco.

Se esperaba que el mercado laboral concediera el respiro de una leve mejoría. En vez de recortar los 175 mil empleos netos que barajaba el consenso (o los 201 mil, revisados, de agosto pasado), la poda efectiva de setiembre trepó a 263 mil. No es un traspié que ponga la recuperación económica en entredicho aunque su presencia incomode como una piedra en el zapato. Desde que comenzó la recesión oficial, en diciembre de 2007, EE.UU. destruye empleo sistemáticamente. Son 21 meses consecutivos en rojo. Se sabe que la situación se agravó con la bancarrota de Lehman Brothers. Así, enero marcó el auge de la efervescencia cuando se guillotinaron 741 mil posiciones netas. Pero la tendencia se apaciguó desde entonces. Y los datos flamantes, aunque peores que los de agosto, constituyen la segunda lectura más benigna pos Lehman. Si se suavizan las observaciones -y se toman promedios móviles de tres meses que neutralizan su alta volatilidad- se advierten los progresos. Al filo del año pasado, la economía perdía más de medio millón de puestos por mes. En el primer trimestre, la cifra escaló a 691 mil. En el segundo -cuando se frenó la fase de caída libre del producto bruto- los recortes cedieron a 428 mil. Y en el tercero bajaron significativamente: «sólo» promediaron 256 mil.

No hay dudas de que la economía crece. La evidencia estadística es robusta. Barre un espectro amplio de áreas sensibles, desde la producción industrial hasta el propio gasto de consumo (que podría exceder este trimestre un 3%). Pero tampoco cabe poner la realidad de los despidos masivos en tela de juicio. No hay contradicción. Lo segundo no invalida lo primero. De momento, una productividad en fuerte ascenso zanja la discrepancia. No obstante, la recuperación de la economía no es independiente del malestar que cunda en el mercado de trabajo. No lo son ni su magnitud ni su calidad. No importa la regla de Zarnowitz, la reacción en «V» tiene los meses contados si no se descomprime la asfixia laboral -más allá de los efectos por única vez de medidas de estímulo como el plan canje automotriz o de una eventual recomposición de inventarios-. Si cuando comenzó la recesión había 7,5 millones de desempleados, ya el número se duplicó y alcanza a 15,1 millones. La tasa de desempleo, que en el mejor momento del ciclo rozó un 4,4%, trepó a más del doble: un 9,8% y con pronóstico de alza. En rigor, la cifra enmascara la verdadera profundidad del deterioro; es que operan motivos diversos, como el desaliento creciente, que llevan a abandonar la búsqueda de trabajo (y producen, en la estadística, una reducción de la oferta laboral). Así, aparte de los 15,1 millones de desocupados, hay otras 2,2 millones de personas que tomarían un empleo si se les ofreciera la oportunidad. Para peor, aumenta el desempleo crónico y la duración del episodio de desocupación ya promedia más de medio año. No es con esta madera con la que se fabrican las recuperaciones vibrantes. Se podrá estabilizar el consumo pero será imposible dotarlo de vigor sostenido.

Si bien la tesis de la «W» gana adhesiones -porque un escenario laboral endeble subraya el riesgo de una recaída- conviene pensar en la grafía de una recuperación en forma de raíz cuadrada, que luego de un rebote inicial significativo, se aplane el año próximo. Todas las autoridades, inclusive los halcones de Europa, han ratificado su voluntad de perseverar en la aplicación a pleno de las políticas de estímulo. Y ello debería mantener a raya el peligro de un tropezón. Así, la suba de las Bolsas y su tenaz negativa a una corrección descansan en esa tácita sociedad con los gobiernos y los bancos centrales, los que en la mejor tradición del put de Alan Greenspan, en la necesidad de velar por la salud de la rehabilitación, ofrecen una generosa red de seguridad. Pero, a la par echa raíces otro fenómeno llamativo. La persistente reducción de las tasas de interés de largo plazo contrasta con la incipiente histeria inflacionaria que sobrevoló los mercados entre mayo y junio. No se trata, en esencia, de un proceso temeroso, no se busca el refugio de la calidad. Si lo fuera, ni los bonos corporativos, ni los títulos de alto rendimiento, ni los papeles de las economías emergentes participarían del auge. En la óptica que irrumpe, una recaída es posible, pero poco probable. Con tasas del Tesoro a diez años que se arriman al 3,20% (y tasas a treinta años que ya bajaron del 4%) a pesar de la emisión de una oferta astronómica (una ya distribuida y otra por venir) pero con firmeza en los bonos privados y en las Bolsas, no se discute la recuperación. Basta comprobar que rige el aplanamiento de la curva de rendimientos y no se insinúa su inversión. Lo que se impugna son los bríos. Lo que sí se niega, sorprendentemente, son los desbordes. El estribillo de la licuación de activos a manos de la inflación pierde predicamento. Su amenaza se posterga hasta un nuevo y, se presume, lejano aviso. Las presiones deflacionarias preocupan más. El mensaje es claro: la recuperación está en camino pero no será un vendaval furioso. Con fortuna, si todo sale bien, sólo una brisa agradable.

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