15 de enero 2004 - 00:00
"21 gramos"
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C ierta vez, le preguntaron a François Truffaut a qué razón atribuía su único fracaso en el cine (aludiendo a su film de 1978 «La habitación verde»). Truffaut, sin dudarlo un instante, respondió: «Simplemente, porque es una película sobre la muerte. Y nadie quiere ver algo así». En efecto, «La habitación verde» era un drama donde la muerte no es lo que le acontecía a uno o más personajes (como en cualquier otro drama), sino su misma sustancia. Más que dramática, era una película mortuoria.
Una es la del matemático Paul (Sean Penn), que necesita perentoriamente un trasplante cardíaco y sobrelleva un infeliz matrimonio con Mary (Charlotte Gainsburg); otra la de Christina (Naomi Watts), cuya existencia queda destrozada cuando una 4 x 4 arrolla a su esposo y dos hijos, y finalmente la de Jack (Benicio Del Toro), ex convicto, fanático religioso, y conductor de una 4 x 4.
El vínculo entre ellas, también producido por un accidente automovilístico (como en «Amores perros»), está mucho más en la superficie, aunque la densidad de los personajes se profundiza por esa particular forma de narrar: conocer futuros antes que presentes o pasados es una manera de poner más distancia con la identificación emocional (sobre todo en un guión tan sombrío como éste), aleja definitivamente la eventualidad del melodrama, y enriquece el conocimiento de algunas conductas y decisiones, de ciertas cobardías y traiciones, y explica mejor muchos miedos de los personajes.
Actoralmente, la película es ejemplar: se dijo ya que Sean Penn autocompite, por este film, con su notable composición del padre mafioso de «Río místico»; Naomi Watts, con toda seguridad, aprueba su primer gran trabajo dramático para el cine, y sobre ellos (si eso fuera posible), Benicio Del Toro, sobre la base del papel más extremado y rico del film, compone un «desesperado» de excepción, acaso el mejor rostro que la culpa puede tener en la pantalla.


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