A 30 años de su muerte, el mercado no olvida a Quinquela

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El extraordinario Benito Juan Martín -como fue bautizado en la Casa de los Expósitos, nombre que luego cambió, cuando se autoadoptó a los 30 años, para llamarse Benito Quinquela Martin-, falleció el 28 de enero de 1977. Pero, como cada día su figura se agiganta más en todos los órdenes, pareciera que cada día pinta mejor. Fue un hombre fuera de serie, paradigma y ejemplo, todo lo que recibió se lo dio a su prójimo, es y siempre lo fue, el pintor más popular de nuestro arte.

Sus obras son el modelo que tiene la gente que vive en La Boca para su barrio; él idealizó su entorno y ahora el barrio se está «copiando» de sus obras, un fenómeno sociológico sin parangón.

Durante la década del '20, recorrió España, Italia, Inglaterra, Francia, Estados Unidos y Cuba, mostrando su obra y cosechando sólo éxitos. Era «el carbonero pintor», el ejemplo del hombre emprendedor, el niño abandonado, el que se hizo solo, el que, en vez de usar espátula o pincel, utilizaba la cuchara de albañil para pintar, el amigo de sus colegas y el hombre generoso que ayudaba a todos. Fue su propio marchand, publicista y promotor de sus obras, alquilaba las galerías y cada década hacía exposiciones. Sus compradores lo visitaban en su casa-taller de la Avenida Pedro de Mendoza, donde hoy está el museo que lleva su nombre y atesora un millar de buenas obras del arte argentino adquiridas por Quinquela y donadas a la comunidad.

Pintaba rápidamente y todo lo que salía de sus manos era producto de su imaginación. A veces usaba lugares referenciales de La Boca, del Riachuelo o de la Isla Maciel o de Barracas; pintaba de espaldas al Riachuelo, pero creó un mundo mágico y personal que lleva a la gente a suponer que él pintó La Boca. Su pintura es testimonio de lo que él quería para su barrio y no podia tener, como era el trabajo y el color.

Luego de la apertura de Puerto Madero, el puerto de La Boca cae en decadencia; no había trabajo, pese a que Benito pintaba nocturnos en los que, de las chimeneas de las fábricas salía humo, como si hubiera tres turnos de trabajo que abarcaban las 24 horas. Los edificos enormes nos recuerdan más a Manhattan que al Riachuelo; siempre el Edificio Kavanagh era su símbolo de progreso y aparece en muchas de sus obras, tanto en aguafuertes como pinturas.

  • Valor

    En su taller, los precios eran los fijados por él (fluctuaban entre los mil y cinco mil dólares), no había regateo y tampoco dejaba a nadie llevarse varios. A algunos les explicó que sus cuadros «no eran verduritas». Debe haber realizado cerca de diez mil obras; unas doscientas cambian de manos todos los años. Su cotización promedio es de veinte mil dólares por una obra de medidas aproximadas a 50 x 70cm., pero algunas se han vendido en más de un cuarto de millón de dolares.

    Quinquela Martín es el pintor más demandado de las últimas tres decadas y también lo era en vida. En los últimos años se ha logrado que sea valorado como el gran artista que fue, venciendo los celos y envidias de muchos que no perdonan el éxito y, para colmo de males, que también fuera el más popular y querido.

    Su obra del período que va del '20 al '50 es la más valorizada en detrimento de las de las últimas dos décadas de producción, que no fue de la misma calidad por razones de enfermedad. Su obra tiene muy buen mercado en el exterior y muchos de sus cuadros se encuentran en el extranjero. Tiene un mercado firme y demandante y, sin duda, a treinta años de habernos dejado, merece todo honor y toda gloria.
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