Roberto de Candia, forzado a una actuación vulgar, y Elena Belfiore, insuficiente
Rossina, en «El barbero de Sevilla» de Rossini.
«El barbero de Sevilla». Comedia en dos actos. Mus.: G. Rossini. Lib.: C. Sterbini. Direc.mus. : J. Reynolds. Régie, esc. e ilum. : W. Landin. Vest. : L. Gutman. Dir. Coro: S. Caputo. Orq. Y Coro Est. (Teatro Colón), próximas funciones: 11, 14, 16 y 20/8.
En la quinta fecha del Gran Abono del Teatro Colón se presentó una nueva producción de «El barbero de Sevilla» de Gioacchino Rossini, ópera bufa ampliamente conocida y apreciada por su frescura melódica y su tratamiento vocal belcantista. Estrenada en 1816, a casi doscientos años de su premiére esta creación rossiniana puede deparar sorpresas, y no precisamente de su cáustica comicidad ni de su fascinante música, sino de las nuevas interpretaciones escénicas, tan de moda en los teatros del mundo y de la que el Colón no ha quedado afuera. Incongruencias de todo tipo entre libreto y música con lo que se ve sobre el escenario, el triple trabajo de Willy Landin como régisseur, escenógrafo e iluminador entra dentro de lo que podría denominarse cultura «trash» (basura). Todo lo que aparece en el escenario es feo, desagradable, chocante y vulgar. Si este efecto fue el buscado, ha sido conseguido con creces.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
Si no era la idea o la concepción escénica, entonces se va por mal camino. Cuando el texto habla de tutor, pupila, tinta y pluma para escribir cartas, entre otras referencias directas en uso en la época, y en escena se observan automóviles, teléfonos, hippies, bomberos, etc. o se hace mención a la rapidez en que bajarán por la escalera del balcón y los tres protagonistas del trío están ya en la calle, algo raro pasa.
Este intento de comedia descartable, con escenarios esquemáticos y movimientos bailables que van desde contorsiones a lo Ricky Martin (los del barítono Roberto de Candia, que canta bien pero cansa con sus vulgaridades) o conjuntos injertados en la acción dramática con bailarines ataviados a la moda de los '50, muy «West Side Story», tuvo sus oportunos abucheos del público cuando sucedió la entrada de personajes pacifistas estilo «Hair» en el inicio del acto II, exageradamente festejado por un grupo de «amigos» e «invitados especiales», que a lo largo de la obra lanzaron risotadas ante cada gag inventado por Landin.
Un director de rutina, Julian Raynolds, condujo sin brillo la partitura interpretada por coro y orquesta estable con disciplina, junto con un grupo de cantantes que además del citado De Candia, se integró con un buen tenor rossiniano: Antonino Siragusa; una insuficiente Elena Belfiore en Rossina, y dos bajos, uno aceptable (Kevin Glavin) y el otro olvidable (Giovanni Furlanetto), entre otros cantantes del elenco nacional. Los abucheos, como era de esperar, se repitieron cuando saludaron al final los responsables del equipo escénico.
Dejá tu comentario