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12 de septiembre 2006 - 00:00

Actriz equivocada para un Puig ya irregular

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Aun cuando luce más segura que en el estreno, Dominique Sanda no puede disimular un fuerte acento francés que la puesta no justifica; Cristina Banegas, en tanto, sale a flote con sobrado oficio.
«Misterio del ramo de rosas» de M. Puig. Int.: D. Sanda y C. Banegas. Dir.: L. Suardi. Esc. y Vest.: J. Ferrari. Ilum.: J. Pastorino (Multiteatro.)

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Manuel Puig, siempre soñó con ver representadas sus obras por estrellas de cine, pero la realización de este deseo terminó provocándole unas cuantas desilusiones. La versión cinematográfica de «El beso de la mujer araña» (1985), por ejemplo, no le gustó, aunque él mismo se ocupó de escribir el guión. A Puig no le gustó William Hurt como Molina (el homosexual que se enamora en la cárcel de un preso político): «La Hurt es tan mala que seguro va a ganar el Oscar», auguró.

Cuesta imaginar cuál habría sido su reacción ante esta nueva versión de «Misterio del ramo de rosas» protagonizada por Cristina Banegas y Dominique Sanda, actrices que provienen de muy distintas vertientes y cuyos registros interpretativos no parecen compatibles, aunque a una semana del estreno se aprecia una mayor conexión entre ambas.

La actriz francesa -más segura en su papel, aunque todavía le falta explorar las zonas más oscuras de su personaje- compone a una dulce enfermera de origen humilde, que atiende estoicamente a su irascible paciente (encarnada por Banegas con sobrado oficio). Esta viuda adinerada y maligna sufre una profunda depresión a raíz de la muerte de su nieto en un accidente automovilístico.

Esto la lleva a internarse en un sanatorio y a contratar una enfermera privada con la que de inmediato establece una relación amo-esclavo, aunque no tarda en descubrir que su empleada oculta más de lo que muestra y no es tan fácil de manipular. Comienza entonces a interesarse por ella con los vaivenes que le dicta su sadismo.

El contrapunto entre ellas está lleno de sinuosidades, humor y una dosificada intriga. Nadie podría asegurar si la paciente terminará destruyendo a la enfermera o se hará cargo de ésta, ya que gracias a sus agudas observaciones ha empezado a hacer las paces con su pasado.

El hecho de que la producción de « Misterio...» haya convocado a una de las actrices más seductoras que tuvo el cine europeo, puede llegar a interpretarse como una suerte de tributo a Puig. Sólo que aquí, lamentablemente, no se evaluó a tiempo el alto riesgo que corría la puesta al hacer caso omiso de las dificultades idiomáticas.

El director Luciano Suardi intentó disimular la fuerte entonación francesa de Sanda haciéndola pasar por una extranjera. Pero este rasgo no pudo ser explotado a fondo, en primer lugar porque la enfermera se desdobla en otros dos personajes (la hija, y la hermana de la paciente), que aquí obviamente suenan inverosímiles aún cuando formen parte de una alucinación.

De todas maneras, los flashbacks que explican el pasado de estas dos mujeres resultan muy poco interesantes ya en el texto original. Es como si el autor hubiese agotado allí su gusto por el melodrama, repitiendo antiguas fórmulas con ramplona literalidad.

Suardi prefirió suavizar esta referencia al género, optando por una atmósfera espectral y una ambientación más refinada (casi una instalación plástica, a cargo del escenógrafo Jorge Ferrari). Finalmente, a las actrices se las ve algo más cómodas en ese delirio a dúo que propicia la enfermera cuando comienza a narrar el misterio del ramo de rosas que da título a la obra. Dicha línea argumental -casi un remedo de las películas que relataba Molina en «El beso...»- aparece demasiado tarde y de manera forzada, pero ambas comparten esa evocación con sensibilidad.

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