Su obra integra la heterogénea producción estética de los creadores argentinos afianzados en los años 80 y 90. Forma parte de la nueva modalidad figurativa que hemos llamado Al cabo de la pausa establecida por el Conceptualismo de los 60, el retorno a la pintura se viabilizaba a través de una figuración que no sólo es «otra», como señalaba
La Figuración Crítica alcanzó su plenitud en la década del 80. En la primera etapa,
Personajes que se retuercen de alegría y de dolor, que caminan, saltan y se mueven en espacios diversos, animales y objetos que acompañan a los seres vivos en sus indescriptibles cabriolas, aparecen en las obras de esta época, con citas de la historieta y el cine. El vértigo de sus dibujos y pinturas cuestiona la falsa solemnidad, la formalidad exterior, con una simpatía burlesca y también una inclemencia sarcástica.
A partir de los años 90, sus telas se destacaron por la maduración de sus propuestas y su rigor en el oficio. La artista optó por una visión más depurada y menos febril, que, sin embargo, acentuó en mayor medida sus descripciones del dolor y lo terrible. Concentró su potencia en imágenes descarnadas y drásticas, características robustecidas, sin duda, en sus pinturas trazadas con negros sobre telas blancas, que se convierten en verdaderas parábolas sociales.
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