11 de junio 2026 - 18:14

Patricio Abadi estrena en el Teatro Cervantes un docudrama inspirado en su madre

En el triple rol de autor, director e intérprete Patricio Abadi estrena el sábado “Lenguajes del adiós” en el Teatro Nacional Cervantes. "Desde la dirección junto a todo el equipo nos propusimos no poner el acento en “el bajón”, sino aceptar los diferentes matices que abarcan las despedidas. No queríamos empujar al espectador a sentir algo específico", señaló el autor.

Abadi: Somos un país muy teatral, muy afín a las artes escénicas. De una riqueza cultural muy diversa a lo largo y a lo ancho del país. En este sentido, me siento orgulloso y muy honrado de estrenar en el Cervantes.  

Abadi: "Somos un país muy teatral, muy afín a las artes escénicas. De una riqueza cultural muy diversa a lo largo y a lo ancho del país. En este sentido, me siento orgulloso y muy honrado de estrenar en el Cervantes".  

“Encontré en una caja, en medio de una mudanza, con unos VHS y rápidamente entendí de qué se trataba. Eran registros de los últimos meses de vida de mamá, luego de que su diagnóstico de cáncer de páncreas. Fue como si esas cintas me hubieran venido a golpear la puerta y después de 15 años volví a escuchar la voz de mi mamá”, evoca Patricio Abadi, quien en el triple rol de autor, director e intérprete estrena el sábado “Lenguajes del adiós” en el Teatro Nacional Cervantes.

La pieza de teatro documental despliega la última etapa de vida de la madre del artista, con coreografía y diseño de movimiento de Jazmín Titiunik, colaboración artística de Gaspar Carvajal, asesoría artística de Daniela Colucci, diseño audiovisual y mapping de Demián Ledesma Becerra, diseño de iluminación de Ricardo Sica, vestuario de Martina Nosetto y escenografía de Rodrigo González Garillo. Se presentará de jueves a domingo, a las 18 en la sala Luisa Vehil del TNA. Conversamos con Abadi.

Periodista: Dicen que la obra esta en la frontera de la autoficción, ¿es teatro documental, es biodrama? ¿Cómo la definirías?

Patricio Abadi: La obra tiene elementos de todos esos géneros. Me gusta denominarla docudrama o autobiografía ficcionada porque dialoga de algún modo con una de las líneas de producción que llevo adelante como autor que son las biografías ficcionadas.

P.: ¿Cómo surgió la idea de la obra? ¿Encontraste el material audiovisual? ¿Lo tenías y tuviste el tiempo durante la pandemia?

P.A.: Encontré en una caja, en medio de una mudanza, unos VHS y rápidamente entendí de qué se trataba. Afloró de manera inmediata ese período donde registramos, junto a mi hermano, los últimos meses de vida de mamá, luego de que ella decidiera no someterse a una operación cuando le habían diagnosticado cáncer de páncreas. Creo entender que durante todo ese lapso había estado suspendido ese recuerdo en algún lugar del inconsciente pero fue como si esas cintas me hubieran venido a golpear la puerta. Fue entonces cuando decidí exhumar esos recuerdos, metí la mano en la boca del olvido y después de 15 años volví a escuchar la voz de mi mamá.

P.: ¿Cómo fue escuchar su voz y esa última etapa de vida de tu mamá?

P.A.: La última etapa de mamá, si bien fue relativamente corta, no más de tres meses, pasó por varios estadios. El primero de ellos fue el más permisivo en cuanto a la posibilidad de que ingrese la alegría o la celebración de la vida. Aunque suena paradójico y exagerado lo menciono así porque mi madre tuvo el coraje, la generosidad para con nosotros de transformar esa despedida en una posibilidad de vinculación nueva donde, sabiendo que la muerte le estaba pisando los talones, eligió conectar con una parte muy luminosa de sí misma y para nosotros fue una gran enseñanza. La mayoría de los videos son de ese período. De los últimos días hay menos material pero se pueden ver algunas imágenes donde corrobora cómo el avance de la enfermedad no solo horadaba el físico sino el ánimo.

P.: ¿Cómo es el dispositivo audiovisual en escena?

P.A.: Cuando llevé a digitalizar los VHS y me entregaron el material que habían podido rescatar, me puse en contacto con Demian Ledesma Becerra, un artista visual, que articula de una manera muy interesante el universo de lo audiovisual con el teatro y empezamos a hacer videos de un minuto que compartíamos en Instagram durante la cuarentena. Debajo de los videos, en el epígrafe, yo escribía los textos. De ese modo la narrativa y lo audiovisual empezaron a trabajar de manera complementaria. La llegada de ese procedimiento a lo escénico no fue para nada traumática. Al contrario, creo que pudimos lograr conservar lo esencial, sacándolo del celular y dándole una dimensión más humana, como es este encuentro performático y teatral con el espectador. Creo que fue un lindo devenir, salimos de la pantalla y entramos al ritual sin perder lo esencial.

P.: ¿Cómo es la experiencia escénica que incluye relatos, música, imágenes, videos, monólogos y mapping?

P.A.: Todos esos elementos que describís dan motivo al título de la obra. Nos servimos de diversos lenguajes artísticos para generar este adiós, que es al mismo tiempo un reencuentro y una despedida. La escritura, el teatro, el video y la música son elementos que atravesaron la vida de mi madre y mi vínculo con ella. Por eso resulta natural que estén reunidos en este encuentro, porque así me gusta pensar a la obra, como un encuentro donde la obra y el espectador formen parte de una misma respiración, borrar las distancias y que lo que pasa en escena sea una superficie amigable donde el público también pueda proyectar su propia historia.

P.: Dubatti enfatizó en la emoción pero también el humor de la obra para abordar un encuentro cercano con el espectador, ¿como es este lenguaje?

P.A.: Sí, está próximo a salir el libro de la obra a través de Atuel, y Dubatti escribió un prólogo bellísimo. No es una propuesta que busque el humor de manera deliberada, sino que las situaciones que se dan en la obra en algunos casos son divertidas, tienen cierta frescura. Desde la dirección junto a todo el equipo nos propusimos no poner el acento en “el bajón”, sino aceptar los diferentes matices que abarcan las despedidas. No queríamos empujar al espectador a sentir algo específico, nos parecía más sincero y amable para la experiencia, dejar abierto a que cada cual sienta lo que necesite; hay pasadas de la obra donde en el mismo lugar algunas personas lloran, otras suspiran, otras se ríen. Somos diferentes y cada cual lo recibe desde su propia subjetividad. Y eso es lindo porque tiene que ver con la libertad y singularidad emocional de cada persona.

P.: ¿Cómo es hacer hoy teatro en Argentina y que podes contar de tu experiencia en el exterior?

P.A.: Estuve en España y fue muy enriquecedor. Di clases en Madrid, escribí crónicas en Mallorca y como autor de El Equilibrista estuve también en Jerusalén. En Estados Unidos fue una experiencia muy edificante. Estuve en Miami también casi cuarenta días. Conocí gente, la mayoría latina, con mucha potencia y muchas ganas. Armé “Escénicas” junto a Andrea Estevéz, querida y talentosa compañera, junto a quien en poco tiempo logramos dinamizar una linda corriente llevando a escena juntos dos espectáculos “Balada para un sueño” y “Estrellas Fugaces” junto a otros talentosos colegas argentinos y de toda Latinoamérica, quienes me incorporaron a la movida de allá, con mucha generosidad. Constanza Espejo, Ulises Puigross, Bruno Gatti, Fernando Quiroga, Pablo Cunqueiro, Mayte Latorre, Victoria Murtagh, entre otros. En cuanto a la Argentina me parece que somos un país muy teatral, muy afín a las artes escénicas. De una riqueza cultural muy diversa a lo largo y a lo ancho del país. En este sentido, me siento orgulloso y muy honrado de estrenar como autor, director e intérprete, en el triple rol, en una obra tan especial, nada menos que en el Cervantes, nuestro Teatro Nacional.

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