Como prueba de la libertad que disfrutan los artistas en la actualidad, la chilena Teresa Gazitúa buscó una imagen del video de Matilde Marín, la intervino con su propio dibujo y realizó un grabado, de doble autoría.
Cabo Vírgenes (Santa Cruz)(Enviada especial) - Uno de los atractivos del arte actual estriba en el uso de lenguajes diversos, que van desde la pintura, escultura, dibujo y grabado, pasando por la instalación, performance o fotografía, hasta las nuevas tecnologías cibernéticas y audiovisuales. Ahora, a esta libertad de utilizar y combinar libremente distintas técnicas, las artes visuales agregan la posibilidad de recurrir a múltiples disciplinas como, entre otras, poesía, ciencia o filosofía, que le aportan su propia energía.
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El proyecto «Atmósfera», una video-instalación de la artista Matilde Marín dedicada a explorar cinco puntos limites del mundo, es un excelente ejemplo de la expansión del arte más allá de las fronteras convencionales. La obra, que ya tiene un año de gestación, incluyó un encuentro multidisciplinario en Cabo Vírgenes, frente a ese lugar extremo que es el Estrecho de Magallanes.
Es decir, más allá de las imágenes de ese confín del mundo, cuya sola y exorbitante dimensión intimida, el video « Atmósfera» incorpora informaciones, impresiones y reflexiones sobre el lugar de artistas, biólogos, pensadores, historiadores, arqueólogos y críticos de arte. El encuentro, coordinado por las artistas Sonia Cortez (Complejo Cultural de Río Gallegos) y Bettina Muruzábal (Universidad de la Patagonia Austral), tuvo como invitados foráneos a la artista chilena Teresa Gazitúa, y los críticos Alicia Haber de Uruguay, y Elena Oliveras, Rodrigo Alonso, Victoria Verlichak, Rosa Ravera, Fabián Lebenglik y quien firma esta nota, de Buenos Aires.
Ante un paisaje devastado por vientos que nunca cesan y que expulsan al hombre, las reflexiones del investigador y pensador Aldo Enricci sobre lo sublime del lugar, y los relatos del historiador Miguel Angel Auzoberría, acerca de ese territorio signado desde su descubrimiento por el drama de los naufragios, la ambición del oro y el alcohol, fueron un punto alto del encuentro.
Los románticos supieron descubrir paisajes donde el pasado cobra mayor fuerza, pero en Cabo Vírgenes se confunde con el presente. Luego, si como dice Heidegger «el fundamento de nuestra existencia es un diálogo», en la soledad de Santa Cruz, que tiene menos de un habitante por kilómetro cuadrado (0,7 para ser precisos), y poblaciones que ostentan nombres tan significativos como Hambre (junto a las estancias de Benneton), las palabras adquieren mayor densidad, y el «diálogo» se torna el más preciado de los bienes.
«¿Es válido venir aquí y hablar de Documenta o la Bienal de Venecia?», se interrogó Marín, atenta a la realidad de los artistas llegados de Río Gallegos, Ushuaia, Río Grande y Comodoro Rivadavia. Los lugareños agregaron datos sobre la apasionante historia de los patagones, los primeros pioneros, los buscadores de oro y las cárceles del Sur, que sucintamente relata el bello Museo de Cabo Vírgenes, a pocos metros del Faro, enclave elegido para el encuentro.
«El vacío de este lugar está cargado de historias y mitos, porque la gente teme enfrentarse al abismo», aclaró tajante el artista y psicoanalista José Luis Tuñón. Es decir -ahondando en esa interpretación-, explicó que los artistas, nacidos o conocedores de geografías menos hostiles, padecen una inmensidad que pareciera invitar al silencio más que a la creación. Según observó Tuñón, «debemos elaborar la pérdida del origen, y debido a esta contingencia, hacemos un arte de reflexión, conceptual».
Como se ha destacado en estas páginas, en provincias como Tucumán, Córdoba, Misiones o Santa Fe, el arte pasó a ocupar un lugar preponderante.
Ahora, en las regiones más áridas de Santa Cruz, se puede asistir a la eclosión del talento, que como un gesto terco florece afianzado en su propia identidad. Los artistas del extremo Sur, ante la nada que lo invade todo, parecieran recuperan un sentimiento cósmico, aferrarse a la razón tanto como a la profunda fuerza emotiva que proporciona esa naturaleza imponente y a la vez, devastadora.
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