La actriz Ellen Wolf evoca su propia
vida en «Elsa», especie de «biodrama»
del periodista y crítico alemán Jüngen
Berger.
«Elsa» de J.W. Berger. Coop. dramatúrgica: A. Petras. Dir.: C. Adamovsky. Int.: E. Wolf, G. Ferrero y J. Lorenzo. Esc. y Vest.: M. Banach. Ilum.: M.Sendón. (Espacio Callejón.)
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A los 82 años, la actriz Ellen Wolf se convirtió en musa inspiradora de su compatriota, el periodista alemán y crítico de teatro Jüngen Berger, quien luego de verla actuar en «La omisión de los Coleman» y de enterarse de algunos curiosos pormenores de su vida, decidió escribir esta especie de «biodrama» (él prefiere llamarlo «docu-ficción») que la tiene como protagonista.
Al testimonio de Wolf, Berger sumó otros dos más (el de la hija menor y el del nieto, hoy residentes en Europa) que van completando la historia de «Elsa» sin seguir un orden preciso, como si se tratara de un rompecabezas con las piezas muy mezcladas pero de fácil armado. La falta de linealidad hace que este relato a tres voces resulte más ameno e incorpore en su desarrollo cierta dosis de intriga.
Ellen Wolf perdió a su hija mayor durante la última dictadura militar cuando ésta tenía 21 años. Sobre este hecho, ocurrido hace ya tres décadas, dan su versión la madre, la hermana y el hijo de la joven desaparecida. El interés que despiertan esos alegatos (algunos muy polémicos) tiene que ver con la honestidad, el desprejuicio y el raro distanciamiento con que cada uno de estos personajes analiza aquellos años desde su propia interna familiar.
Pero también en otros planos, la vida de «Elsa» (todos los nombres están cambiados) abunda en anécdotas de gran potencia. Por ejemplo: su infancia en Alemania,la huida a la Argentina a raíz de la persecusión nazi, el descubrimiento «post morten» de la infidelidad de su marido (un oculto bisexual), su hábil manejo de la estancia familiar, etcétera. Mientras su hija menor (rol a cargo de Gaby Ferrero) le reprocha haber sido una madre demasiado independiente, su nieto (Javier Lorenzo) le agradece haberlo criado bajo la siguiente premisa: «Pasó lo que pasó y es una tremenda desgracia pero tenemos que seguir adelante».
Todos estos testimonios adquieren carnadura gracias al dinámico juego actoral que planteó la directora Carolina Adamovsky al hacer que los intérpretes registren las evocaciones de sus personajes a través de grabadores y filmaciones en video. generando una cálida intimidad entre ellos.
Ferrero y Lorenzo interpretan sus papeles con naturalidad y sencillez, aunque por momentos parecen asumir una actitud protectora hacia su compañera. Esto tal vez se deba a que a que la actriz (que debutó en los escenarios con más de setenta años) se mueve y se expresa con menos seguridad que sus colegas. No es poco esfuerzo tener que enfrentarse en cada función a la historia individual. De todas maneras, este contraste de registros interpretativos permite realzar la presencia de su auténtica protagonista y subrayar también el cruce entre realidad y ficción que propone este espectáculo.
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