26 de diciembre 2001 - 00:00
Atrae un estudio del cine en la Patagonia
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Investigador detallista, su libro es también un tesoro cargado de llamativa e instructiva información. Portas habla prácticamente de todas las películas que se han hecho en el sur, o acerca del sur, desde un falso documental de 1901 hasta «Chiquititas», pasando por registros norteamericanos de los campos petroleros, tomados en 1915, románticos melodramas del cine mudo, cintas de aventuras nativas o extranjeras -mas de una, dedicada al famoso rey francés de la Araucania-, e incluso la Guerra de Malvinas. Y hace también un detallado registro de cineastas locales, desde un antiguo salesiano hasta los imprescindibles Lorenzo Kelly -Carlos Procopiuk y las nuevas camadas, gente que sabe, realmente, lo que está filmando. Interesa en particular su registro de personajes que dejaron marca en esas tierras, como la bella modelo Renée Dickinson y el director alemán Guzzi Lanchsner, el mismo a quien Leni Riefenstahl evoca tan afectuosamente en sus memorias del Tercer Reich. Y su revisión de los mitos, como el de Walt Disney en los arrayanes, que Portas desarma con abundantes pruebas, y el de un acorazado nazi en el Puerto Madryn de l938, cuya tripulación habría sido registrada por un amateur. No es mito, en cambio, sino anécdota certificada, que cuando hace poco Sharon Stone anduvo por Santa Cruz, el gobernador Néstor Kirchner se negó a recibirla, alegando falta de tiempo. La segunda parte del libro es una agradable y bien documentada historia de la exhibición cinematográfica en la Patagonia, como solo Portas podía hacer. Pasan así el primitivo Biógrafo y Cancha de Pelota con Salón de Patinar, de Comodoro, 1915, la distribución en avionetas, la vida de un empresario tan desafortunado como persistente, el recuerdo de otro, que anunciaba a cañonazos la llegada de las películas al pueblo, y el de aquel ingenioso que en vez de hombre-sándwich hacia publicidad con una vaca-sándwich (claro, estaba anunciando «El lechero»), y la gente que, a falta de buena calefacción, iba al cine con bolsa de agua caliente.Y ni hablar del anecdotario alrededor de las censuras locales, las películas sicalípticas, y el publico masculino de la Patagonia, cuando los avisos de ciertas funciones solo se ponían en el baño de hombres. El capitulo «Costumbres y personajes» no tiene desperdicio. Tampoco, los anexos con abundantes fotos y filmografías.


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