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Se transforma, además, en un homenaje al arte y a los artistas que no renuncian a sus ideales, conservando, por otra parte, su carácter de símbolo de un país que aparentemente no ofrece casi esperanzas, pero por el que vale la pena luchar, destacando el amor por sus valores, tapados ahora por un manto de mediocridad y de medio, a medias ocultos tras la tela transparente que divide el escenario en dos mitades.
Una, la que está más a la vista, muestra un taller humilde en el que un pintor que casi ama el fracaso y su hijo aparentemente indiferente sostienen discusiones en las que los habituales roles se invierten, ya que el que desea exiliarse es el padre, mientras el hijo lo insta y lo convence para que continúe la lucha.
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