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17 de octubre 2003 - 00:00

Bella semblanza del chamamecero de París

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En frases despaciosas, como para que queden bien asentadas, o medio al galopito, como soltando su pensamiento, el hombre empieza por explicar que el paisaje lo lleva adentro. Hace ya quince años que vive en París. Cuando se fue, ya tenía cincuenta, y estaba empezando de nuevo. Cuenta, como de paso, que debió caminar mucho, porque el comienzo no le fue nada fácil. Pero no dice, la película tampoco lo señala, que después triunfó, que recibió premios al mejor disco del año, y hasta fue condecorado como caballero de las Artes y las Letras.

Su vida es siempre ir y volver, estar acá y allá, y sin extrañar nada, porque con él lleva su propio mundo. En su cabeza oye el canto de los pájaros de su tierra, y en su balcón de Montmartre alimenta un gorrioncito que viene a visitarlo todos los días. La cámara lo registra, en edición abreviada. Tiene tanto para registrar y transmitir. Acaso no está todo lo que uno quisiera. Faltaría, por ejemplo, un mayor contexto de público en los conciertos. Pero está, muy bien hecho, el retrato del hombre en movimiento.

Los viajes por las rutas, mirando todo el tiempo por la ventanilla. O a un costado del asfalto, recobrando con sus amigos guaraníes «el caminar de los hombres de la selva». Los viajes cuando cierra los ojos y se va en sus acordes, mientras los dedos caminan por el teclado, tal como le enseñara don
A veces lo acompaña un discípulo,

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