La obra de Eugenio Daneri (1881-1970) es emocional por su
pincelada cargada de materia, su color severo y la humildad
de los objetos que elegía pintar.
La obra de Eugenio Daneri (1881-1970), que se expone en la Galería «El Puente» (Arenales 834), provoca comentarios y gestos de admiración en pintores de distintas generaciones. Perteneciente a la colección privada de su directora, Fabiola Baliña de Carreras Vescio, reúne importantes piezas de una producción figurativa de paisajes, retratos y autorretratos, naturalezas muertas. Discípulo de Giudice, Della Valle, De la Cárcova, Sívori, recibió consejos de Malharro y sus influencias remiten al naturalismo de fines del siglo XIX y los comienzos del Impresionismo.
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Importantes críticos que analizaron su labor pueden ser una primera ayuda para abordar hoy esta pintura que cubrió un período tan intenso de nuestra plástica integrado, entre otros, por artistas como Emilio Centurión, Alfredo Guttero, Domingo Candia, Domingo Pronsato y Víctor Pisarro. A propósito de la muestra retrospectiva en el Museo NacionaL de Bellas Artes organizada por Jorge Romero Brest en 1961, cuando Daneri cumplió 80 años, Alfredo Roland, escribió: «Esta muestra es un llamado a la sensatez y al equilibrio «. ¿Qué diría ahora que estas palabras han sido borradas definitivamente del glosario plástico? Osiris Chiérico lo llamó maestro de la austeridad y el recato. En el libro «Veintidós Pintores», Julio Payró señaló: «En sus cuadros no hay brillo alguno de retórica, ni nota llamativa», Córdoba Iturburu destaca que «su carrera no registra saltos ni virajes violentos pero sí una lenta y progresiva afirmación de su personalidad».
Por su parte, León Benarós enfatiza su honradez al desechar toda trampa, «todo colorinche», como decía el artista, y la profundidad para representar el silencio en el que las cosas de Daneri vivían y convivían. El crítico y también poeta Romualdo Brughetti habla de su espíritu receptivo al que el ir y venir de las tendencias lo llevaron a pensar y repensar su misión de pintor, y el psiquiatra Mauricio Neumann lo analiza como «un hombre vertical que se consumió de viejo, fiel a sí mismo. Su pintura y él fueron una misma cosa, austeridad romántica y cotidianeidad poética». En segundo lugar, plantarse ante las obras, demorarse, como ya no se hace dada la inmediatez de cierta expresión contemporánea y despojarse del prejuicio que también invade al contemplador de hoy, obligado a consumir mucha tontería vacía de contenido. La obra de Daneri es emocional pictóricamente hablando, por su pincelada cargada de materia, por su color severo, controlado, por la humildad de los objetos: damajuanas, flores, frutas, el barrio, los enseres domésticos, su familia, su propia imagen que denotaba su modestia.
Las pinceladas siempre son diferentes y la severidad colorística a veces está matizada por dorados como en «El Candil», o pequeños toques de blancos que se deslizan por algún pañuelo que rodea el cuello de la retratada. Melancolía en los paisajes, voluptuoso empaste en «Hortensias», bodegones que no imitan el virtuosismo de los del 1600, frutas humildes a las que dotó de cierto aire de misterio, revelan al ser solitario que ha sufrido intensa pero calladamente y que no obstante el reconocimiento y los premios obtenidos sólo pensaba en pintar lo que lo rodeaba.
Daneri, como Cézanne, se cuidó de no caer en lo literario y se abocó al estudio concreto e inmediato de la naturaleza; como Cézanne, quizás pensó que «nuestro arte tiene que otorgarle la dignidad de lo perdurable». Hasta el 28 de julio.
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