La historia es ésa, la simple historia de una chica (bien representada por
Un tallercito apacible, al que entra una luz que recuerda la de los pintores flamencos, y donde dos personas, sólo dos, hacen unos trabajos preciosos, delicadísimos, por directo encargo de unos grandes modistos de Paris. Y hacer eso, es como estar en un mundo propio, y como ver crecer, despacito, la obra creada por una misma, y mandarla después a que salga a recorrer el mundo. Una obra que requiere cuidado extremo, habilidades que recién se van adquiriendo, y que su creadora disfruta plenamente sólo en ese apurado lapso de gestación. Nada de esto se explicita verbalmente. Todo se va apreciando de a poco, como la trama de un vestido, en los gestos que a veces pueden parecer antojadizos, en los momentos de concentración o de contemplación, con muy pocos diálogos, más bien envueltos en el silencio, o con unos breves acordes de una música a veces regional, a veces clásica. Hay un hermoso colorido en los lugares donde la criatura se siente bien, por ejemplo en una salida al campo antes de la lluvia. Y hay también, pero sin exageraciones, algo descolorido, como sobreexpuesto y gastado, en la visión de algunas paredes del pueblo, y de la iglesia, y en algunos rostros que se cruzan en su vida.
Con esos solos elementos, la película alcanza a veces un clima especial, casi tan refinado como el oficio al que se alude.
Y alcanza también, hacia el final, la luminosidad interior de una feliz decisión de vida.