28 de mayo 2001 - 00:00

Brillante exhibición de los Berman

Lazar Berman es una figura legendaria del piano, con varias vueltas al mundo desplegando su virtuosismo como solista, y con infinidad de grabaciones de esa época, incluido el temido 3er. Concierto de Rachmaninoff. Su hijo Pavel, entretanto, fue un precoz estudiante de violín y hoy muestra un formidable dominio de su instrumento. En estos conciertos conjuntos, Berman padre asume el modesto rol de acompañante y deja que Pavel se afirme artísticamente y coseche los aplausos.

Una sola obra del programa comprometía seriamente al piano, la Sonata Op. 47 de Beethoven «Kreutzer», que escuchamos por tercera vez en la misma semana. Con partitura delante, arrancan impetuosamente, y la primera observación es que Pavel «talonea» con fuerza antes de cada arcada. Tal vez por ese hábito o por una jugarreta del destino, se rompe una cuerda y se interrumpe la ejecución.

El violinista abandona el escenario, el padre y el público a esperar que coloque una nueva cuerda y la posterior afinación, y volvemos a la Sonata, que fue objeto de una temperamental interpretación, con un desarrollo creciente en intensidad y equilibrio en el discurso de ambos músicos. La segunda parte fue programada para exhibir todo lo que es posible con el violín, cuando la superación técnica está por encontrarse con la artística. La Fantasía Brillante Op. 20 del virtuoso polaco Henryk Wieniawsky (1835-1880) está inspirada en la ópera «Fausto» de Gounod, temas que fueron expresados con arco ágil y segura digitación. Con frases en microtonos, saltellatos y pizzicati sul capotasto, la Fantasía Op. 25 de Pablo Sarasate toma temas de la ópera «Carmen» en deslumbrantes resoluciones.

En contraste con tanto exhibicionismo brillante se incluyó «Nigun» de Ernest Bloch, una expresión de la tradición jasídica que tocaron con más corrección que emoción, sin abarcar un mandato del autor, cuando dijo que en su música debe expresarse «La venerable emoción de la raza que duerme muy abajo en mi alma». Fuera de programa, y para airear un poco de espíritu eslavo, una «Serenata melancólica» de Piotr Tchaicovsky fue el corolario de una noche pletórica de sorpresas.

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