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5 de mayo 2006 - 00:00

Buen rock, sin efectos ni slogans

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Echo & the Bunnymen: I. McCulloch (voz), W. Sergeant y G. Goudie (guitarras), S. Brennan (bajo), P. Fleming (teclados), S. Finley ( batería). (Teatro Gran Rex, 3 de mayo.)

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Siete años atrás, el primer concierto de Echo & the Bunnymen en Buenos Aires (en el Teatro Opera) fue toda una leyenda. Los que se lo perdieron llenaron el Gran Rex el último miércoles, con una pizca más de fervor de lo necesario, eyectándose de sus butacas ni bien Ian McCulloch terminó de cantar el improbable tema de apertura «Goin' Up» (rarísimo tema de su primer LP de comienzos de los 80, «Cocodrilos»). A partir de ahí, todo el mundo estuvo de pie el resto del show, inclusive sin entender la letra del segundo, aun más oscuro y raro tema de apertura, «Show of Strenght» («Muestra de fuerza»). No menos fabulosos que otros músicos de Liverpool, con más gloria que sus adinerados discípulos no oficiales de Coldplay, los Bunnymen pueden ser considerados como honestos, genuinos o simples artistas malditos. Lo cierto es que no necesitan pantallas gigantes, efectos especiales ni discursos políticos: al lado de un concierto de Echo, Oasis debería pensar seriamente en volver a la escuela de rock, lo mismo que U2.

Pronto se olvidaron de que el show estaba anunciado como presentación de su último disco, «Liberia», del que apenas tocaron un par de temas.

Cegados por su incorrección política, los «hombres conejo» obviaron a los estadistas locales, y en cambio presentaron a una «bunnygirl à go go» para que baile semidesnuda durante la performance de su hit «Lips Like Sugar». La chica se parecía a Nazarena Vélez, pero como la minuciosa iluminación expresionista de todo el recital sólo permitía ver siluetas, jamás se sabrá la identidad de esa beldad convocada para dar otra lección de rock de estos inteligentes músicos.

Gracias a esa negación a tocar lo que se supone vinieron a presentar (un gran CD editado hace varios meses en Europa y que no les dio el Grammy), el público argentino tuvo la oportunidad de escuchar covers de los Doors -surgidos, quizá, de la alergia a un público tan aplaudidor-, clásicos propios mezclados con «Walk On The Wild Side» de Lou Reed y hasta un homenaje en cámara lenta al rápido tema soul del difunto Wilson Picket, «In The Midnight Hour» (firme candidato a mejor cover de todos los tiempos en esta sutil versión lenta).

La guitarra de Will Sergeant hacía cosas increíbles en ralenti, mientras, el cantante fumador se tiraba al suelo a buscar un vaso con un líquido dorado que, tratándose de un británico, podría pensarse que fuera té. Fuera lo que fuese lo que bebía, su voz sonó mejor que nunca, igual que la guitarrade Sargeant, que brilló por sutil, nunca por obvia.

Al final, el público entendió que debía sentarse para escuchar «Ocean Rain». Ya habían tocado «Rescue», «Never Stop», «Seven Seas» y una formidable interpretación de «la canción más misteriosa de todos los tiempos», su mayor hit: «The Killing Moon», lanzado así, como si nada a la media hora de show.

Quedaban cosas por tocar, pero con el telón abierto y la asombrosa iluminación expectante, el fervoroso público decidió salir del teatro. Todo no se puede o, como bien dijo McCulloch, «Nothing Lasts Forever» («nada dura para siempre»).

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