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21 de julio 2006 - 00:00

Buenos actores animan un "método" siniestro

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La obra de teatro de Jordi Galcerán, «El método Grönholm», llevada al cine por Marcelo Piñeyro, guarda ciertas semejanzas con aquel «Tute cabrero» que Roberto Cossa escribió en los años pre-globalizados. En aquel caso dos oficinistas tenían que complotar para dejar fuera a un tercero, a la manera del juego de cartas. En la de Galcerán, es Big Brother, a través de un empleado de una poderosa compañia infiltrado en un grupo de postulantes, quien tiene la tarea de elegir al más capaz. Aunque en épocas y tiempos diferentes, y de valor dramático también desigual (gana Cossa), ambas obras están sostenidas en un mecanismo dramático sólido que da lugar a progresivas revelaciones.

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La versión cinematográfica de Piñeyro «airea» su base teatral con algunos recursos no siempre justificados. En principio, duplica la cantidad de personajes (de cuatro pasan a ser ocho), lo que da lugar a un juego dramático más abierto aunque no siempre más complejo.

Hay también un «background» exterior, una revuelta de protesta en Madrid sólo entrevista, que funciona a manera de contrapunto con la guerra de lobos dentro de la empresa, mientras dura la prueba de selección de un único nuevo empleado. Lo más caprichoso, sin embargo, es una insólita escena sexual entre dos postulantes, dentro del baño, con una conclusión más propia de una película de John Waters que de un drama de oficina.

El elenco es muy bueno, y le da verosimilitud a sus personajes, en especial Ernesto Alterio, Pablo Echarri, Adriana Ozores y Eduardo Noriega.

Marcelo Zapata

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