10 de marzo 2005 - 00:00

Buenos actores en un film incómodo

Imelda Staunton fue candidata al Oscar como Mejor Actriz por su composición de la abortista Vera Drake.
Imelda Staunton fue candidata al Oscar como Mejor Actriz por su composición de la abortista Vera Drake.
«El secreto de Vera Drake» (Vera Drake, G.Bretaña, 2004, habl. en inglés). Dir. y Guión: M. Leigh. Int.: I. Staunton, P. Davis, R. Sheen, A. Kelly, D. Mays.

Después del duro cuadro de desdicha «A todo o nada» (2001, pero estrenada entre nosotros en septiembre pasado), Mike Leigh vuelve a centrarse en la clase trabajadora británica, como lo hizo también en «Secretos y mentiras», sólo que esta vez en la Londres de posguerra.

La historia transcurre en los tempranos '50, esa década todavía inocente como diría el escritor Ian McEwan, cuando la aquí llamada Vera Drake, una empleada doméstica, madre y esposa ejemplar y siempre dispuesta a socorrer al prójimo, secretamente practicaba abortos caseros a mujeres desesperadas, justamente con el objetivo de ayudarlas. Cuando una de sus «pacientes» va a parar al hospital en grave estado, su actividad es descubierta y la mujer juzgada y condenada.

Así contada, esta historia, que según se informa está basada en hechos reales, recuerda el tema de «Cosas de mujeres» (Une affaire de femmes, 1988), donde Claude Chabrol narraba un caso parecido, aunque su protagonista tenía otros intereses además de los puramente caritativos. La Vera de Leigh no cobra por sus servicios, para empezar, pero eso no es todo. A diferencia de la abortista improvisada que encarnaba Isabelle Huppert, Vera Drake tiene un buen marido y junto a sus dos hijos (un joven empleado en una sastrería y una apocada muchacha obrera de fábrica) conforman una familia armónica, donde ella es el centro, merced a su abnegación y bondad a toda prueba, que se extiende a vecinos en problemas y a una madre postrada. Todos ellos ignoran la actividad secreta de Vera, que los conmociona al revelarse y los obliga a tomar posición frente al dilema moral-religioso-legal que trae consigo esa revelación.

Aunque es difícil condenar a Vera desde el punto de vista que está mostrada, Leigh no se pone «de su parte». Simplemente deja que los hechos hablen por sí mismos, sin ahorrar el costado macabro de cada una de las « intervenciones», que la protagonista prepara y practica casi con la misma liviandad que el té que ofrece invariablemente a los demás sufrientes que prohija.

Entretanto, siguiendo un patrón ya visto en otras películas de Leigh, el trabajo de Vera como mucama permite al espectador ver -y comparar- otras conductas, al introducirse en hogares de clase media, donde las jóvenes podían resolver su «problema» de manera más discreta e infinitamente menos peligrosa para ellas. Al respecto, es de aclarar que el caso que muestra Leigh dista mucho del maniqueísmo ideológico, sino que ilustra de paso sobre las dificultades de las mujeres en ésa y otras épocas, sea cual fuere su clase y condición. Lo que sí resulta un tanto maniquea es la pintura de la villana sin matices de esta historia, en exagerado contraste con la cuasi santidad de Vera: Ethel (Ruth Sheen), la amiga que la traiciona cobrando por lo que ella hace a sus espaldas.

Lo que hoy puede sonar raro e incluso poco creíble (los educadísimos y sensibles policías que interrogan a
Vera, por ejemplo)responde a la impecable reconstrucción de esos años marcados por la austeridad y el sacrificio en toda Europa, al tiempo que todavía impregnados de viejos valores a los que Leigh parece rendir un nostálgico homenaje.

Extremadamente cuidadoso en lo que narra, por lo riesgoso del tema sin duda, el relato mismo, aunque muy calmo y austero, alcanza, sin embargo, intensidad de thriller. Y, una vez más,
Leigh muestra su maestría en la dirección de actores; la impresionante composición de Imelda Staunton como Vera encuentra bastante más que un coro en el estupendo elenco que la secunda superlativamente.

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