Hoy cumpliría 75 años Olivia Hussey, la actriz angloargentina doblemente olvidada que disfrutó de una inesperada fama mundial a fines de los 60. Nacida el 17 de abril de 1951 en Buenos Aires, y fallecida en Los Angeles el 27 de diciembre de 2024, su imagen se perpetuó como esa adolescente de ojos enormes que asomaba al balcón en “Romeo y Julieta” en 1968.
Olivia Hussey: el olvido después del balcón más famoso
A 75 años de su nacimiento, la historia de la actriz angloargentina de “Romeo y Julieta” que vivió a la sombra de su propio mito entre una carrera marginal y una polémica tardía poco antes de su muerte
-
Con la presencia de Robert Downey Jr. y Chris Evnas, Marvel presentó el esperado tráiler de "Avengers: Doomsday"
-
"The Mandalorian and Grogu": la película de Star Wars protagonizada por Pedro Pascal presentó su tráiler final
Olivia Hussey, la actriz angloargentina de "Romeo y Julieta" que hoy cumpliría 75 años.
Dirigida por Franco Zeffirelli, ese papel la convirtió en una figura instantánea del cine mundial y, al mismo tiempo, en una actriz difícil de reubicar dentro de la industria. Como tantas veces ocurre con los descubrimientos precoces, el punto de partida fue también una forma de límite a su crecimiento.
La historia personal de Hussey ayuda a entender esa singularidad. Hija del argentino Osvaldo Ribó (cuyo nombre real era Andrés Osuna, un cantante popular de los años 40 y 50, asociado al bolero y la canción melódica) y de una madre británica, se trasladó a Londres siendo niña, donde se formó como actriz en la Italia Conti Academy.
Esa mezcla —argentina de origen, inglesa de educación, internacional por destino— la acompañó siempre. Nunca fue del todo asimilada por Hollywood ni completamente ajena a él. Su acento, su fisonomía y su biografía la volvían, a la vez, familiar y extraña en cada contexto, una condición que se reflejaría también en su recorrido profesional.
Antes del cine, hubo teatro. Hussey se inició en los escenarios londinenses y fue allí donde Zeffirelli la vio actuar en una producción de “The Prime of Miss Jean Brodie” (“La primavera de una solterona” sobre la novela de Muriel Spark). Ese origen teatral no desapareció nunca del todo: aunque su fama quedó asociada al cine, mantuvo a lo largo de los años una relación intermitente con el escenario y con producciones televisivas que le permitían explorar registros más amplios que el de la heroína romántica.
Sin embargo, el efecto de “Romeo y Julieta” fue de tal magnitud que condicionó todo lo que vino después. Ganó el Globo de Oro como actriz revelación y quedó fijada en el imaginario colectivo como la Julieta definitiva, en una versión que buscaba precisamente eso: juventud real para una tragedia sobre la juventud, papel que nunca, en el pasado, había sido interpretado por una actriz de la misma edad que el personaje. Y eso, considerado un hallazgo en su momento, traería, como se verá, algunas dificultades posteriores en los tiempos de la “cancelación”.
Las críticas contemporáneas de la película muestran un panorama mixto, sobre todo en torno al estilo visual y a ciertas decisiones de Zeffirelli. Roger Ebert, uno de los críticos estadounidenses más influyentes en la época, definía la película como “la más extraordinaria versión de Shakespeare jamás hecha”, subrayando que lograba algo que el teatro y la enseñanza académica no conseguían: devolverle vitalidad y emoción al texto. “El éxito, además, está sostenido en Leonard Whiting y Olivia Hussey… Son magníficos”.
La propia Encyclopaedia Britannica destacó que hasta entonces los intérpretes solían ser demasiado adultos y que la elección de Hussey y Whiting aportaba una frescura inédita. Su actuación fue leída menos en términos de técnica clásica y más como una presencia: juventud, espontaneidad, una suerte de naturalidad que hacía que el verso shakespeariano sonara menos declamado.
Pero ese mismo rasgo también generó algunas reservas. Parte de la crítica, sobre todo la más apegada al teatro, consideró que el film sacrificaba densidad textual en favor de la inmediatez visual y emocional. Hubo cuestionamientos a los recortes del texto de Shakespeare y a una estetización excesiva, típica del director. En reseñas menos entusiastas se hablaba de una puesta “barroca” o demasiado decorativa, con encuadres casi pictóricos que resultaban artificiosos. En ese contexto, las actuaciones —incluida la de Hussey— podían ser vistas como dependientes de esa concepción: más eficaces en lo sensorial que en lo dramático profundo.
Incluso entre los elogios aparece una cierta ambigüedad. La belleza de los protagonistas era a la vez virtud y posible limitación. Se los describía como “increíblemente hermosos”, una cualidad que contribuía al efecto romántico pero que, para algunos, corría el riesgo de reducir el conflicto a una dimensión puramente estética.
Otro foco de controversia contemporánea fue la famosa escena de desnudo. Aunque hoy suele leerse en clave ética o legal, ya en 1968 generó reacciones. Ebert, por ejemplo, la defendía explícitamente, señalando que no veía motivos para condenarla y criticando la censura que la objetaba. Esa defensa formaba parte de una lectura más amplia: la película era moderna también porque incorporaba una dimensión física y sensual que el Shakespeare escolar había eliminado.
La continuidad, más opaca
El cine industrial rara vez sabe qué hacer con sus mitos cuando dejan de encajar en la imagen que los consagró. Hussey trabajó de manera constante durante décadas, pero lo hizo en un territorio marginal. En los años setenta participó en títulos como “Muerte en el Nilo”, sobre la novela de Agatha Christie, y en la miniserie “Jesús de Nazareth”, también de Zeffirelli (estrenada en varios países en una versión abreviada, como película, incluyendo a la Argentina), donde interpretó a la Virgen María, un papel que volvió a asociarla con una pureza casi simbólica.
Al mismo tiempo incursionó en el cine de género con el film “Navidad negra”, que con el tiempo se transformaría en una pieza de culto dentro del terror. Más adelante, su carrera se diversificó aún más: filmó en Australia, en Japón, en Italia, participó en telefilms, series y producciones independientes, y hasta puso su voz en proyectos de animación y videojuegos. En los noventa apareció en la adaptación televisiva de “It” de Stephen King, cada vez más desplazada de los papeles centrales.
Ese recorrido permite hablar del primer olvido: no el de una actriz que desaparece, sino el de una actriz que sigue trabajando en papeles accesorios. Hussey nunca dejó de actuar, pero rara vez volvió a ser noticia. Su carrera quedó en una especie de segundo plano permanente, como si la industria hubiera decidido que su historia ya estaba terminada en 1968.
Su vínculo con la Argentina no se interrumpió del todo. Aunque su vida transcurrió principalmente en el Reino Unido y en Estados Unidos, Hussey regresó a Buenos Aires en distintas ocasiones ya siendo famosa, en viajes de carácter privado y también en visitas ligadas a su familia paterna. No hubo, sin embargo, un intento de desarrollar una carrera local ni de instalarse nuevamente en el país. Tampoco tuvieron repercusión mediática esos viajes.
¿Una denuncia oportunista?
En 2023, ya enferma del cáncer de mama que la llevó a la muerte, Hussey y su coprotagonista Leonard Whiting iniciaron una demanda contra Paramount Pictures por la escena de desnudo que ambos habían filmado siendo menores de edad. Alegaban haber sido engañados y reclamaban daños económicos y emocionales. El caso fue rechazado por la justicia, que consideró que la acción estaba fuera de término y que existía consentimiento contractual en el momento del rodaje, además de no encuadrar la escena en ninguna ilegalidad.
La decisión judicial también tuvo en cuenta un dato contradictorio que ponía en evidencia la estrategia: durante décadas, los propios actores habían defendido públicamente la película y su tratamiento estético. El episodio, leído por algunos como oportunista y por otros como una revisión tardía a la luz de nuevas sensibilidades, volvió a poner en claro hasta qué punto Hussey seguía atada a aquel primer papel, incluso en el plano legal y biográfico.
El desenlace de su historia añadió un matiz aún más elocuente. En la ceremonia de los Oscar de 2025, la Academia no la incluyó en su segmento In Memoriam. La omisión fue señalada por medios y espectadores como un olvido significativo, sobre todo tratándose de una actriz que había protagonizado una de las adaptaciones más influyentes de Shakespeare en el cine. Ese segundo olvido, esta vez institucional, resulta casi más contundente que el primero. No se trata ya de una carrera corrida del centro, sino de una ausencia en el momento en que la industria decide quién merece ser recordado.





Dejá tu comentario