«Fotocopias» de John Berger. Alfaguara. Buenos Aires, 2007. 168 págs.
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Por los veintinueve encuentros que integran «Fotocopias» de John Berger desfilan campesinos, presidiarios, una colegiala irlandesa, algunos mendigos, pintores de distintas nacionalidades, un cocinero musulmán, una restauradora gallega, un piloto de carreras y varios fotógrafos, además de la sencilla gente de montaña con la que el escritor y ensayista inglés convive desde hace varias décadas (está radicado en una comunidad rural francesa). Cada uno de estos personajes es captado en su habitat natural o en situaciones que enriquecen su fugaz aparición ante el lector.
El título «Fotocopias» alude, entre otras cosas, al estilo cada vez más despojado de artilugios que Berger viene cultivando en los últimos tiempos. El autor de «Puerca tierra» y «Una vez en Europa», también reconocido internacionalmente por sus novelas, guiones, y ensayos sobre pintura, no ha perdido su simpatía y solidaridad hacia la vida campesina, ni tampoco su mirada de pintor (fue profesor en la misma escuela de arte en la que Henry Moore enseñó escultura, hasta que a los 30 años decidió volcarse a la escritura) y este doble registro está presente en todos sus relatos. Aún cuando sus «retratados» pertenezcan a distintas generaciones, a diferentes culturas y oficios, entre ellos no hay fronteras o, mejor dicho, éstas se desdibujan para dar lugar a un gran relato coral que celebra lo mejor de la condición humana. Sin soslayar, claro está, la presencia de la muerte, la miseria o algún recuerdo de guerra. Berger evoca imágenes, climas, ambientes y conversaciones, algunas muy reveladoras, como la que mantiene con el fotógrafo Henri Cartier-Bresson y otras que apenas horadan el silencio. Con todo ese material va armando distintos micromundos que reflejan el mundo en que vivimos.
La comunión con sus interlocutores es absoluta y crea la ilusión de que no existen barreras idiomáticas. A través de todos ellos -de estas fotocopias que son la imagen simplificada de otra imagen tomada en algún instante fugaz del pasado-Berger se ha dibujado a sí mismo. Y el retrato que ofrece es el de un hombre cálido y amistoso que, pese a su fama internacional, todavía es capaz de arremangarse para ayudar a su vecino en el parto de una vaca. Por eso, su libro irradia calma y espiritualidad.
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