A un actor no se le cree todo, a una estrella sí. Y en un cine tan frecuentemente apegado a lo verosímil, quizá como ilusoria garantía de salvación o de diferenciación, era necesaria una estrella para cargar sobre sus espaldas una película que arranca en lo «real» y despega hacia un espacio menos frecuentado, el espacio atemporal del cine mismo, que es juego, que es fantasía y emoción, y que sólo tiene que responder ante su propia lógica.
Tal vez a otro actor, en su lugar, no se le creyera esa balacera final con carambola incluida. A
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