Hay una línea argumental central, la angustiosa desaparición en un parque de la pequeña hija de una cliente de la masajista, en torno a la cual se ordenan las otras historias, se cruzan los personajes, y desnudan su intimidad ante el espectador. Los sentidos hablan por ellos mismos: esa manera de conocimiento a la que la tradición occidental tendió, a lo largo de los siglos, a tildar de «engañosos», sobrepasa la identidad misma de los personajes. En ese «sentido», la película de
De acuerdo con la partición que establece el guión, hay sentidos de sabiduría y otros de pérdida, los hay de decepción y de iluminación. Están los que colman y los que frustran. Cada espectador, desde luego, se sentirá más o menos próximo de cada una de las historias. De manera arbitraria, se podría decir que las más logradas son las del oculista y la de la voyeurista, es decir, las que corresponden al oído y a la vista (casualmente, los únicos dos sentidos sobre los que se apoya el cine, aunque hayan existido alguna vez ciertas experiencias artificiosas de cine «olfativo»). El oculista, interpretado por
Desde luego, ninguno de los personajes representa de manera pura un único sentido; si el oculista (cuya profesión es la vista) puede percibir música a través del tacto, la voyeurista, capaz de ver a una persona «desde su interior hacia el exterior», tal como hace con su amigo que se traviste, también es la única capaz de «ver música», como ocurre en la maravillosa escena de cierre.
Mientras pequeños, sutiles acentos van ilustrando esta fiesta sensitiva, una historia policial, la de la desaparición y búsqueda de la niña, otra vez a la manera del
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