28 de mayo 2001 - 00:00

Cine manual

(28/05/2001) El film-exposición «Lágrimas asesinas, un film de Miguel Rosthschild», que se exhibe en el subsuelo de la galería Ruth Benzacar es una pequeña y deliciosa muestra de «flip book» o cine de pulgar, que empieza cuando el espectador decide hojear los pequeños libritos y mueve el pulgar para que comience la acción.

Desde la invención del cine, los artistas advirtieron las ventajas y posibilidades expresivas del movimiento, mientras las artes tradicionales como la pintura, la escultura e incluso la fotografía quedan limitadas por su condición estática.

Rosthschild, un joven artista argentino que vive en Berlín, remontando la más rudimentaria técnica del cine, logra sin embargo conjugar la intimidad propia del arte de salón, hecho para unos pocos, con las de un arte de masas. Es decir, reúne con el dinamismo básico y -literalmente-digital de su obra las cualidades de ambas disciplinas. Y éste es el mayor logro del artista, que pudiendo recurrir a cualquier técnica, conmueve al espectador con este artilugio «infantil» e interactivo.

«Quise hacer un film de la serie negra, que tuviera el en-canto del cine mudo», cuenta el artista. Se trata de una historia canallesca, donde el policía que termina matando al artista, deviene en intelectual y se ofrece a escribir un texto crítico sobre la obra. Plagado de citas e ironías, el film cuenta la historia de un pintor, eterno incomprendido, que perfora con su llanto los cuadros -al estilo de los «tajos» de Fontana- y que llega a matar gente con sus lágrimas.

Los padres, el marchand, el público que se burla del artista y la modelo que además es su amante son personajes estereotipados, pero extraídos de la vida real. El relato se desarrolla en capítulos, y cada librito «manual» está realizado con alrededor de 40 fotos, que se mueven en secuencia lenta o rápida según sea el ritmo que baraje el pulgar. Por un lado, este trabajo, es un ejemplo de cómo se ha ampliado el universo de las artes visuales y cómo se cruzan las distintas disciplinas; en este caso, las de la fotografía y el cine.

Por otro lado, esta labor demuestra cómo el arte contemporáneo suele demandar inversiones que superan las de la compra de una tela y unos pomos de pintura. Un año le llevó al artista escribir el guión; otro año completo fotografiar la historia y editar los libritos. Sólo se hicieron diez copias de la obra, que se ofrece a la venta en cajas impecables e idénticas a las que se utilizan para guardar los rollos de películas.

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