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17 de abril 2007 - 00:00

Cinemateca dedica el día al gran Carlos Schlieper

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Zully Moreno, actriz de Schlieper, para quien actuó en «Cosas de mujer».
Pequeño desafío a los conocedores de cine nacional: ¿De dónde es este diálogo?

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Ella: Te vas a acostar con la loca de la toma 204! ¿Y te creés que yo me voy a quedarme aquí escuchando «El caballero de la rosa»?

El: No te lo recomiendo. Mejor poné algo de Mozart. Bien podría ser de una comedia de Carlos Schlieper. Respuesta correcta: es de una charla entre el propio Schlieper y su segunda esposa, Nélida Romero, tal como ella misma la contaba. Así era él, y así eran sus comedias, vivaces, desenfadadas, algo frívolas, pero siempre refinadas, con lo que habitualmente se ha llamado buen gusto. Hombre culto, de mundo, escribano a la fuerza, seductor por naturaleza, buen lector y melómano, Schlieper venía de una familia «donde las mujeres se dedican a obras de caridad, y los hombres también, pero con las mujeres». Su inclinación por las damas y las bellas artes lo llevó a instalar un estudio de «fotografía artística». Sus malas amistades lo llevaron al cine. Y allí reinó.

De él, justamente, Cinemateca Argentina presenta hoy en Sala Lugones, en buenas copias, «Bruma en el Riachuelo», «Mi mujer está loca», y, en la función de las 19.30 hs, «Esposa último modelo», con Mirtha Legrand y además con un corto de 1939 que se creía perdido, «Sansón de cartón», ahora restaurado por los Archives Françaises du Film, del Centre Nacional de la Cinematographie.

Hábilmente supo convencer a varias actrices (y a sus agentes y productores) para cambiar de estilo y, sin perder la elegancia, mostrarse un poquito descaradas, ya que, en su cine, igual que en la vida, la iniciativa está siempre a cargo de las mujeres, que no paran hasta tener al hombre deseado en sus redes. Estamos hablando de las películas de los '40 y '50, y de Amanda Ledesma en «Mañana me suicido», Malisa Zini en «Cuando besa su marido», la hermosa Zully Moreno en «Cosas de mujer», la hasta entonces ingenua Maria Duval en «La serpiente de cascabel», la gran Mirtha en «Esposa último modelo», la dulce Delia Garcés en «Mi marido y mi novio», la colorida Laura Hidalgo en «Las campanas de Teresa»...

Y además de esas protagonistas (y de otros títulos memorables, como «El sillón y la gran duquesa», «El retrato», «Arroz con leche», y la sorprendente «Cita en las estrellas»), también hizo lucir a decenas de chicas bonitas, de prometedor entusiasmo, como la mencionada Nélida Romero, y galanes como Juan Carlos Thorry, Angel Magaña y Osvaldo Miranda, que siempre terminaba perdiendo, y mujeresque ya habían perdido la juventud, pero no la picardía, como Amalia Sánchez Ariño, Felisa Mary, María Santos, Olinda Bozán y hasta la dramática Milagros de la Vega, volcándose con él, inesperadamente, a la comedia. Renglón aparte, el mucamo perfecto, Carlos Enríquez, uno de esos secundarios que en sus películas jugaba en primera.

Y todos con buen ritmo. Admirador de Ernst Lubitsch (se sabía sus películas de memoria), de Howard Hawks y Preston Sturges, el realizador calculaba cada escena con cronómetro. Contaba para ello, además, con muchos buenos de los mejores profesionales de nuestro cine, empezando por la dupla de libretistas Emilio Villalba Welsh-Horacio Verbitsky, dos nombres mayores.

Sus películas (incluso el melo «Las tres ratas», o la adaptación de Casona «Los árboles mueren de pie») y sus artistas son de una agilidad prodigiosa. Valga la siguiente anécdota: ya enfermo, Schlieper le delegó a su asistente Kurt Land el trabajo de rodar la comedia «Vuelva el primero». Land miró el guión y dijo «Pero esto es enorme. Va a ser una película larguísima». El maestro replicó «Si la hacés bien, te quedará corta». Dicho y hecho.

Pero, igual que sus películas, todo fue muy breve. El ya tenía 35 años, cuando pisó por primera vez un set de filmación.Se entusiasmó, cumplió algunas tareas de aprendizaje, hizo cortos, a los 37 ayudó a su gran amigo Enrique Santos Discépolo a dirigir la deliciosa «Cuatro corazones», y a los 41 ya era un autor hecho y derecho, solicitado y festejado. A los 49 le dio un infarto, y aún así hizo siguió trabajando. Una revista de salud de su época se llamaba «Viva cien años». De haberla leído, quizás hoy no estaríamos recordando los 50 de su temprana muerte.

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