Tom Cruise
vuelve a
encarnar al
agente todo
terreno Ethan
Hunt en la
tercera entrega
de «Misión
imposible», que
trae la
espectacularidad
(y la nula
credibilidad) de
siempre.
«Misión Imposible III» (Mission: Impossible III, EE.UU., 2006, habl. en inglés). Dir.: J.J. Abrams. Guión: A. Kurtzman, R. Orci y J.J. Abrams sobre serie de TV de B. Geller. Int.: T. Cruise, P. Seymour Hoffman, V. Rhames, L. Fishburne.
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La persona que va a comprar la entrada para ver «Misión Imposible III» tal vez sepa que estará frente a la pantalla viendo una película con explosiones, muertes y movimientos poco creíbles de los personajes y que, durante toda la función, se sumergirá en un mundo con rasgos ficcionales.
Tom Cruise encarna al ya conocido agente Ethan Hunt, miembro de la agencia de inteligencia FMI (la cual no tiene nada que ver con el Fondo Monetario Internacional) y, en esta oportunidad tendrá que primero rescatar a una agente que fue secuestrada por unos terroristas y luego desmantelar a esa organización liderada por Owen Davian, el «malo» de la película, quien es interpretado por Philip Seymour Hoffman.
Para eso, el agente Hunt y su grupo viajarán alrededor del mundo tras la pista de este terrorista para tratar de encontrarlo luego de años de búsqueda. Si se plantea así, la película podría lucir interesante y hasta coherente pero si se necesita que un helicóptero empiece a lanzar misiles a una caravana de agentes del FMI que se desplaza por un puente que termina siendo destruido sin que Cruise y su grupo sufran daño, no sería espectacular, adjetivo que se realza en el momento en que el protagonista derriba a un avión «malo» con un fusil (con agentes así ¿para qué se necesita todo un ejército que defienda al país?).
Es sabido que los films de «Misión Imposible» necesitan esa cuota de espectacularidad pero todo tiene un límite y ahí se llega cuando un Ethan Hunt que hace tiempo dejó de ser un «agente de campo» (sin el entrenamiento físico que esa tarea requeriría) salta por el aire colgado de un cable, se tira en paracaídas, se enrola en un tiroteo contra diez enemigos, viaja de punta a punta del mundo y termina por correr más de un kilómetro, todo eso en sólo 48 horas y no se agita ni se despeina. Ese es el límite.
El reparto de la película no se puede decir que haya tenido un mal desempeño pero teniendo en cuenta que Hoffman está en el medio, podría haber sido mejor.
Apuntando más hacia lo técnico, los primeros planos son, en algunos casos, innecesarios y hasta excesivos generando lentitud y tratando de poner de manifiesto las emociones de los personajes, pero en realidad no importa el plano cuando el actor no puede reflejar lo que está queriendo hacer entender en un determinado momento.
La banda sonora es correcta, sin desplegar maravillas acompaña a la película de manera acorde a los sucesos que se van desarrollando. En cambio, un punto a favor es la fotografía, sobre todo en lo que a las escenas que se desarrollan en el Vaticano y en las tomas de Shangai donde contrapone edificios lujosos con viviendas humildes.
Si el cinéfilo está con la entrada en la mano y cree que va a ver un cine profundo con debates filosóficos sería conveniente que se replantee el hecho de ir al cine. En cambio, si se quiere distraer dos horas, no pensar demasiado durante la proyección, ver cómo Cruise queda suspendido a diez centímetros del suelo por un cordón de acero, siéntese cómodo y prepárese para distraerse un rato.
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