Nicole Kidman, asediada en «Reencarnación» por un chico de 10 años que le asegura ser su esposo reencarnado (¿picardía criolla de exportación?).
«Reencarnación» («Birth», EE.UU., 2004; habl. en inglés). Dir.: J. Glazer. Int.: N. Kidman, C. Bright, L. Bacall, A. Heche, P. Stormare y otros.
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El chico de «Sexto sentido» veía gente muerta pero el de «Reencarnación» lo supera por varios cuerpos: le dice a Nicole Kidman que él es un muerto reencarnado, pero no cualquier muerto sino el marido de ella, que murió diez años atrás mientras hacía aerobismo de invierno en el Central Park, de manera que él, ahora, puede pretenderla como esposa. Chapeau! Si eso es verdad o no sólo se sabrá al final; lo que se sabe desde el principio es que, si fuera un impostor, es realmente un genio, porque Nicole no sólo le cree sino que hasta aplaza su nueva boda para planear una fuga con él («apenas faltan 11 años para que cumplas 21», le dice conmovida). Ni a Casanova se le ocurrió una estrategia parecida, y menos a los 10 años.
La película, en inglés, se llama «Birth» («Nacimiento»), quizá porque no existe el equivalente de «El sueño del pibe» pero sobre todo porque el guión está enfermo de solemnidad y trascendencia. «Reencarnación» se desespera por ser una película seria, y en ese afán equivoca por completo su registro. Hasta poco antes del desenlace no se sabe si se trata de un argumento fantástico o del drama entre una melancólica y un pequeño fabulador. Cuando se conoce su frustrante final, o quizá mucho antes, corresponde lamentar que no se haya visto una buena comedia. Esta de esas películas que reclaman con urgencia su parodia.
En el film todo es grave, los planos son exageradamente largos, los silencios casi insoportables, y los diálogos, aun los más triviales, están dichos con resonancia eclesiástica. Tanto es así que hasta nos podemos llegar a creer, como le ocurre a la pobre Nicole, que estamos en presencia de algo realmente serio. La única que desliza un comentario más o menos ingenioso es la venerable Lauren Bacall (madre de Kidman en el film) cuando asiste al nacimiento de una nieta: «¿Y no será ella Sean?», se pregunta. Sean era el nombre de su difunto yerno y también el del presunto reencarnado.
Pero basta alejarse un poco del clima ominoso, escarbar ligeramente en la lógica de la historia para que muchas piezas se hagan añicos. Se tiene la impresión, inclusive, de que el guionista pudo haber titubeado entre dos finales posibles, porque la actitud y la sabiduría del pequeño Sean al comenzar el film difieren mucho de las que acusa más adelante (desgraciadamente, no se puede ser más explícito en este aspecto porque se revelarían secretos argumentales).
Cada género tiene sus propias leyes, y mezclarlas -como aquí ocurre- puede llevar a vías muertas: «Reencarnación» es un film en el que lo real le hace zancadillas permanentes a lo fantástico. Seriamente, no se puede crear una gran película cuando hay indecisión entre contar una historia de adulterio y otra de almas que transmigran. Por supuesto, en los Estados Unidos no se discutió tanto este cambalache como si la escena en la que el chico se introduce en la bañera con Nicole Kidman es ilegal o no.
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