El siempre excelente Ben Kingsley tiene en Jennifer Connelly una coprotagonista a su nivel en un film algo pretencioso y excesivo, pero que tiene en vilo al espectador hasta su shakespeareano final.
Un inmigrante iraní y una joven norteamericana se disputan una casa hasta las últimas consecuencias en el debut del director Vadim Perelman, sobre best-seller de Andre Dubus.
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La ostentosa celebración de la boda de su hija presenta al coronel Massoud Amir Behrani (Ben Kingsley), a quien acto seguido se lo verá de obrero en una ruta o como dependiente de un kiosco nocturno, pero siempre volviendo a casa impecablemente trajeado y al volante de un Mercedes. En paralelo, el llamado telefónico de una madre entrometida sirve para conocer a Kathy Nicolo (Jennifer Connelly), justo antes de que suenen unos fuertes golpes en su puerta. Los que golpean vienen a expropiarle el bungalow que heredó del padre y a anunciarle que se lo van a rematar por una deuda impositiva. Aunque cae de maduro que se trata de un error burocrático, la suerte de Kathy está echada: antes de que su abogada siquiera pestañee, el coronel Behrani compra la casa por una cuarta parte de su valor, con la idea de revenderla al precio de mercado, y no habrá Cristo que lo convenza de lo contrario.
Así contado, todo parece simple; algo que puede pasarle a cualquiera. Pero Behrani y Kathy son dos desesperados con buenas razones para convertir esa propiedad en la justificación de cualquier locura. Y esto es literal. Para ella, en principio una neurótica, ex alcohólica, recientemente abandonada por su marido, la casa simboliza el últimovestigio de identidad y pertenencia. Para él, un nostálgico de sus tiempos de militar al servicio de Reza Pahlevi y devoto de las apariencias, la manera de conservar la dignidad y mantener a su mujer y su hijo adolescente. A la mayor ya se ocupó de casarla bien.
Para empeorar las cosas, el oficial de policía que desalojó a Kathy primero se apiada de ella, luego se enamora y se pone de su lado con feas consecuencias para todos, empezando por su familia.
Lo mejor del guión de Perelman es cómo describe a los protagonistas. Más allá del choque de culturas, es difícil tomar partido por ninguno de los dos, pese a que el coronel es soberbio, autoritario y no trepida en propinarle una buena cachetada a su mujer cuando se cuadra. Al respecto, hay que decir que, además del magnífico Kingsley y una Jennifer Connelly muy a la altura de las circunstancias, la actriz iraní Shohreh Aghdashloo como la señora Behrani, es otro hallazgo de casting. Gracias a ella -mejor dicho, a cómo saca provecho de la nobleza de su rostro y de sus expresivos ojos-, se comprende sin mucha vuelta el drama del exilio y la transculturación. Su personaje lo perdió todo, no habla inglés, no tiene derecho ni chance a decisión alguna, volver a Irán es condenarse a muerte.
El pecado de Perelman ( bastante común en una ópera prima, por otra parte) es querer decir demasiado en una sola película. Pero, hay otro pecado: buscando concordar con el poético nombre del libro, y acaso con el libro mismo, formalmente se deleita en un esteticismo pretencioso que, sin embargo, no logra mitigar ni por un momento la atmósfera asfixiante del film ni la angustia que producen estas vidas precipitándose a la tragedia. A caballo entre el thriller y el drama social en su transcurso, la película tiene un final absolutamente shakespeareano. Esto también es literal.
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