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12 de junio 2002 - 00:00

Cuentos que buscan construir un museo

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Otro error de Auster es creer que «sólo una pequeña parte se asemeja a algo que podríamos calificar de literatura». Hay muchos relatos que son, en su brevedad, buena narrativa, para citar algunos casos: la meditación sobre la escritura de «Una tristeza común y corriente», el amor homosexual de «Afrodisíaco matemático», la aventura de la chica adoptada que busca a sus padres biológicos que aparece en prólogo del libro o el relato fantástico «Hombre contra abrigo», cuyo autor no sabía que estaba reescribiendo un cuento de Cortázar. Seguramente Auster «ayudó» a que las historias estuvieran bien contadas, que tuviera esa «reversión» que es clave de un cuento eficaz, como ya reclamaba Aristóteles en su «Poética». Cabe la sospecha que, como Borges y Bioy Casares en sus antologías, alguno de esos relatos pertenezca a la pluma de Auster o de Husvedt, y los hayan atribuido a alguien inidentificable, a un rostro en la multitud. Además, por más que Auster diga que no hay una palabra que le pertenezca, los temas son siempre, y obviamente, «austerianos»: el azar, la coincidencias, las premoniciones, los enigmas que escapan a la razón, el humor inesperado, las perplejidades del amor, lo extraordinario en lo banal. Muchas páginas, de esta antología de historias vividas y escritas por gente común, corroboran la premisa borgesiana de que la literatura puede ser una de las formas de la felicidad.

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