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20 de junio 2008 - 00:00

Debuta Bell, mucho más que el violinista americano top

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Joshua Bell y su Stradivarius de 1713: a los 30 años, es el violinista más cotizado internacionalmente.
El lunes próximo debutará en el país, dentro de la temporada del Mozarteum Argentino en el Coliseo, Joshua Bell, hoy por hoy el violinista joven de mayor fama internacional. Nacido hace 30 años en Indiana, Estados Unidos, Bell comenzó a estudiar el instrumento a los 4 años, tuvo como maestro a Josef Gingold, y ya a los catorce años debutó como solista con la Orquesta de Filadelfia, dirigida por Riccardo Muti. Su primera actuación en el célebre Carnegie Hall de Nueva York fue en 1985, a los 18 años, con la Orquesta Sinfónica de Saint Louis, y desde entonces ha tocado con las orquestas y los directores más importantes del mundo.

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Además de interpretar obras de repertorio, Bell también se caracteriza por estrenar composiciones de notorias figuras de la música contemporánea: Nicholas Maw le dedicó su concierto de violín, que Bell estrenó en 1993. Tuvo a su cargo la parte solista de la banda de sonido escrita por John Corigliano para el film «El violín rojo», película por la que recibió un Oscar a la mejor banda sonora. Posee un violín Stradivarius del siglo XVIII, que pertenció al violinista Bronislaw Huberman.

Sin embargo, más allá de todos los lauros que viene cosechando en su brillante carrera (entre ellos, también la obtención de un Grammy), hubo un episodio ocurrido el año pasado que extendió su fama aun entre quienes no frecuentan el mundo de la música clásica. Ese episodio se denomina desde entonces «El experimento Joshua Bell», y tiene tanto sus apasionados defensores como sus críticos.

El «experimento» fue llevado adelante por el periodista del diario «The Washington Post», Gene Weingarten, por supuesto con la complicidad de Bell; su resultado final, publicado en las páginas de ese matutino y multiplicado desde entonces en el sitio Youtube, obtuvo un premio Pulitzer. Cuando, en enero del año pasado Bell llegó a Washington para realizar una serie de presentaciones, Weingarten, después de ser testigo no sólo de cómo se agotaban las localidades sino de las cifras astronómicas a las que llegaba la reventa (se pedían hasta 1000 dólares por una platea), se dijo: ¿qué pasaría si un violinista del nivel de Bell apareciera de incógnito en el subte de Washington, y tocaraen su Stradivarius de 1713 de manera totalmente gratuita? A Bell lo entusiasmó de inmediato la idea.

A las 7:51 de la mañana del viernes 12 de enero de 2007, el Bell se apostó en la estación Capitol Hill vestido con jeans, una remera y una gorra de béisbol. Tomó su violín de más de 5 millones de dólares, colocó el estuche en el piso, y tocó durante 43 minutos seguidos seis obras clásicas. Un total de 1097 personas pasaron apuradas a su lado para tomar el subte. Sólo se detuvieron siete a escucharlo, por menos de un minuto. Además de ellas, otras veinte le arrojaron unas monedas, pero al paso y sin detenerse. Bell obtuvo 32,4 dólares al término de su actuación.

El diario apoyó el experimento de Weingarten y Bell, que no tenía como objeto (como algunos críticos le recriminaron) demostrar que podía haber gente capaz de pagar hasta 1000 dólares para escucharlo y, quizá, pasar a su lado sin reparar en él. Weingarten dijo: «se trató de un experimento de contexto, percepción y prioridades, y por eso mismo elegimos un lugar trivial y la hora pico. Queríamos saber si la belleza, en su más pura expresión, era capaz de trascender ese ámbito adverso y apresurado. Lamentablemente, no lo fue».

Bell también tuvo sensaciones extrañas durante la insólita acutación. «En una sala de conciertos», dijo al diario «me puedo llegar a alterar bastante si alguien tose fuerte o si llega a sonar un teléfono celular. Acá fue todo lo contrario: en medio del ruido del subte, y de las voces de la gente, me daba felicidad cuando alguien reparaba en mí, y también cuando después de dudarlo un poco se decidían a tirarme una moneda. Cuando toco para el público que pagó para escucharme es distinto. No tengo que conquistarlo.» Hubo quienes recordaron, entre los críticos del experimento, la famosa frase de Marshall McLuhan: «El medio es el mensaje». Una sala de conciertos es el medio para la música, una estación de subte populosa y frenética no lo es. El experimento de «The Washington Post», sin embargo, no tomó en cuenta a McLuhan sino a Kant, quien sostenía que la belleza era capaz de trascender lo hostil. Sin embargo, el diario concluyó que si Kant estuviera vivo, y esa mañana hubiera tomado el subte en Capitol Hill, tal vez tampoco habría tenido tiempo para detenerse a escuchar a Bach y Schubert en un Stradivarius histórico.

En su concierto del Coliseo, el lunes y martes próximos, Bell interpretará, acompañado por el pianista Frederic Chiu, obras de Giuseppe Tartini («Sonata para violín en Sol menor «Trino del Diablo»), Ludwig van Beethoven (« Sonata Nr.9 en La Mayor, Op. 47 «Kreutzer»), Sergei Prokoviev («Sonata para violín Nr.1 en Fa menor, Op.80»), Piotr Tchaikovski («Melodía») y Pablo de Sarasate («Introducción y Tarantella»). Habrá que estar atento, en esos días, a los pasillos del subte.

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