Kasuya Sakai nació en Buenos Aires en 1927, realizó sus estudios en Japón donde permaneció durante 16 años. Al regresar, en 1951, comenzó a trabajar en la difusión de la cultura japonesa a través de la docencia, conferencias y curaduría de exposiciones.
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Entre las obras que tradujo al japonés se encuentran «El Túnel» de Ernesto Sábato y «Misteriosa Buenos Aires» de Manuel Mujica Láinez. Fue asimismo creador junto a Osvaldo Svanascini de la editorial «La Mandrágora». En los once años que residió en Buenos Aires desarrolló una intensa actividad intelectual y es aquí donde se convierte en pintor autodidacta.
La muestra homenaje que le dedica el Centro Cultural Recoleta en la sala Cronopios en la que se han reunido más de 50 obras -curaduría de Mercedes Casanegra, montaje de Gustavo Vázquez Ocampo- se inicia con las realizadas entre 1953/4. De carácter concreto en las que hay resabios de la ortodoxia del movimiento surgido en los '40, superficies puras, marcadas en sus perímetros, que remiten a su admiración por Tomás Maldonado y Lidi Prati. Más adelante su nombre aparece junto al de Fernández Muro, Sara Grilo, Miguel Ocampo, Clorindo Testa, que Romero Brest califica como «abstractos intuitivos».
Hacia 1958/9, vira hacia un informalismo de gruesos trazos y manchas negras de las que trasciende su orientalismo. Esta pintura de gestos, signos, caligrafías se veía coincidentemente en Europa y Estados Unidos en artistas de la talla de Pierre Soulages, Hans Hartung o Franz Kline, que también bucearon en las filosofías orientales en un intento por llegar a la esencia de las cosas. Sakai, en nuestro país, y a la manera de los artistas orientales, intentó alcanzar la visión interior, es decir, convertirse en el objeto mismo: «Dibuja el bambú durante diez años, se convierte en bambú y luego se olvida completamente del bambú que está dibujando». Las caligrafías, decía el artista, «un ejercicio espiritual para crear formas abstractas con su correspondiente significado», habían evolucionado con el sólo objetivo de su apreciación estética. Sakai descarga emoción en los grandes trazos texturados, matéricos, de efecto dramático en los que el registro de negros llega a su más alta fuerza expresiva a causa de ciertas luminosidades colorísticas apropiadamente colocadas. La mirada las recorre en consonancia con los demás gestos, hay una armonía estética que trasciende al contemplador. Es así que el informalismo de Sakai jamás rozó la violencia ni lo destructivo como en muchos de los artistas que aquí se enrolaron en ese movimiento.
Entre 1963 y 1964 se instala en Nueva York, período del que hay pocos testimonios ya que gran parte de la obra fue dejada en un depósito y jamás reclamada. Epoca de apogeo del Pop Art, conoció al escultor Noguchi y al músico John Cage. En 1965 se traslada a México donde también va a desarrollar una intensa actividad intelectual. Damián Bayón en el capítulo Audaces y Sensibles de su libro «Aventura Plástica de Hispanoamérica 1940-1972», menciona a varios artistas que «le han hecho bien a los mexicanos, bloqueados por el muralismo, ayudándoles a respirar un aire nuevo y distinto». Entre ellos, el inglés Brian Nissen y los argentinos Hlito y Sakai a quien se lo considera un pionero al introducir el geometrismo en el medio artístico de ese país.
Las obras de 1976 que expuso en el Museo de Arte Moderno de México, D.F., así como las presentadas en el Museo de la Universidad de Texas en Austin, constituyen un homenaje a la música , a Miles Davis, a John Cage, a Edgard Varese. Grandes planos de color, formas geométricas ondulantes, un continuum dinámico, cromatismo vibrante, luminoso que en grandes paneles invade la blancura de la Sala Cronopios. Este cromatismo interactúa y muestra a un Sakai en pleno dominio del color tratado de manera científica. Se pueden hacer asociaciones con Robert Delaunay, Kenneth Noland, Frank Stella, Julio Le Parc pero Sakai se encarga de referirse a Ogata Korin (1658-1716), un pintor japonés a quien admiraba y que ponía singular atención en el trazado elegante y reiterado de curvas, círculos y líneas sinuosas que fluyen sin principio ni fin aparentes.
A partir de 1983 se producen otros cambios influenciado por el estudio del período Genroku (siglo XVI y XVII) de la cultura japonesa. Acrílicos sobre tela, acuarelas y gouache sobre papel de gran belleza. Paisajes verticales, divisiones geométricas en las que las yuxtaposiciones colorísticas insinúan montañas, ríos, olas, naturaleza, abstracciones complejas, un momento verdaderamente trascendente de su quehacer, de alto contenido espiritual, como casi toda su obra. Una exposición excepcional de un artista itinerante, Buenos Aires, Japón, Nueva York, México, Dallas , donde falleció en 2001. Clausura el 10 de abril.
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