Hay diferencias. Una cosa es « El tigre y el dragón», como alta muestra de ese género llamado wuxiapian, esto es, películas chinas de artes marciales de tipo histórico, y otra cosa son las de chop-suckys, es decir, las chinas de mafiosos, que en lejanos tiempos llenaban las salas, para desdén y regocijo del público y la crítica, y hoy siguen tan deplorables como antes, pero más estilizadas y con la bendición de la crítica joven que gusta coincidir con Hollywood.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
El problema es que, desde la primera chop-sucky que acá vimos («El boxeador chino», 20.9.1972, cine Normandie, de WangYu, a quien hoy todos señalan como el maestro de John Woo, pero entonces simple-mente señalaron como al peor delincuente), las cosas se mezclaron. Nadie registró demasiado los nombres (salvo los de Bruce Lee y Jackie Chan) ni los títulos originales, el argumento, el origen, o el idioma. Las primeras llegaron directamente dobladas al inglés.
Y las reseñas periodísticas se limitaban a decir cosas como: «El buen cine está ausente, pero hay un notable despliegue y un incesante desfile de luchas», o, conservando la calma: «La acción es sostenida y les permite a los seguidores de esta disciplina tomar contacto con los más avanzados recursos en materia de defensa personal». O, menos amablemente: «Los actores hacen esfuerzos casi de parturientas para poner cara de enojados, una cámara llena de trucos elementales», «festival de golpes y sangre: piquetes de ojos, incisivos golpes de mano y alguna cabeza cercenada». Y el público pensaba lo mismo.
Por otro lado, para evitar problemas de censura, ciertos comerciantes primero las pasaban por todo el interior y el Gran Buenos Aires, y recién después las presentaban a calificación, si acaso valía la pena estrenarlas en Capital Federal. Fue así como, curiosamente, sólo en el interior se vieron, junto a los peores bodrios, todas las sagas del templo de Shaolin y las extrañas historias mitológicas de King Hu, maravillosas wuxiapianes de enorme despliegue escenográfico y rarísimo estilo de puesta.
Pero el público común las desdeñaba porque eran más «de antiguos y de espadas» que de karate, y el público refinado ni las veía, simple-mente porque eran chinas. Ese prejuicio permanecía incluso en 1996, cuando Cinemateca Argentina mostró la antológica «La posada del dragón» ( Hu, 1966), restaurada por el Archivo Cinematográfico de Taipei. Poco antes había mostrado similares rarezas, en una semana de cine chino en la que, de pura casualidad, también estaba la primera película de Ang Lee, «Manos que empujan», sobre un viejo que hace taichi, mientras su nuera hace aerobic y cocina en microondas. El género es otro, pero el hombre es el mismo.
Dejá tu comentario