Kate Winslet y Johnny Depp en «Descubriendo el país de Nunca Jamás», fascinante viaje al mundo del creador de «Peter Pan».
«Descubriendo el país de Nunca Jamás» («Neverland», EE.UU., 2004, habl. en inglés). Dir.: M. Forster. Int.: J. Depp, K. Wislet, J. Christie, R. Mitchell, D. Hoffman, F. Highmore y otros.
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Reflexionaba Francois Truffaut en «Las películas de mi vida», sobre ciertas obras muy tristes, que supuestamente deberían espantar al público, pero resultan todo un éxito porque el público encuentra en ellas «la curva ascendente del arte, compensando la curva descendente de la vida». Y más, cuando ese arte es debidamente sincero, creativo, e intenso, e incorpora ciertas enseñanzas para soportar tantos dolores que uno sufre fuera de la sala.
El ponía como ejemplo la tremenda «Gritos y susurros», con su absorbente uso del color rojo. Seguramente hoy pondría esta película, y su hermoso final con un lentísimo fundido (y suave música) que llega hasta el blanco absoluto. «Descubriendo el país de Nunca Jamás» habla con gran belleza de un exitoso dramaturgo en la vida social, melancólico «hombre que no tuvo infancia» en la soledad de sus paseos. Del momento en que un hijo mayor debe hacerse cargo de la madre, y también de cómo una señora mayor recupera, aunque sea por un instante, la ilusión de la infancia.
Habla del niño todavía bien protegido, que rechaza juegos y fantasías por temor a desilusionarse, y de la inocencia desarmante y contagiosa de otros 25 niños que ya están maltratados por la realidad, pero siguen plenamente dispuestos a gozar del bellísimo engaño del teatro. «A play», según recuerda el productor que ahí se juega sus ganancias casi por puro gusto. Y habla además de la esposa que no sabe cómo aflojarse y entrar en el mundo en que vive su amado, tan inmerso en él que ni siquiera la registra como posible compañera de viaje.
En suma, es la historia, no muy veraz pero bien emotiva, de cómo James Matthew Barrie creó en 1904 la comedia teatral «Peter Pan». Buscando compensar y sublimar las penas de una familia amiga, él hizo una pieza festiva, pero no por eso simplemente frívola. Si se la mira con detenimiento, es más bien agridulce. Ofrece el consuelo de un refugio maravilloso, pero acepta la indeclinable suerte de madurar a la intemperie. Porque aunque nadie quiera, todos los niños crecerán, sufrirán penurias, envejecerán.
El cocodrilo que lleva consigo la voz implacable del tiempo no busca sólo al capitán Garfio, pero pintarlo de ese modo nos alivia. Por eso en esta película la señora Snow (nieve) puede decir con una sonrisa que se quedó sola. «Creo que la culpa es del cocodrilo», dice. Y sonríe. En cambio, la culpa de que esta película sea tan buena es del dramaturgo Allan Knee y su adaptador David Magee, el director Marc Foster («Cambio de vida») y su primer actor Johnny Depp, el productor Richard Gladstein, y, entre muchos otros talentos, también de ese cocodrilo que nunca vemos, pero nos hace crecer a la fuerza.
Inquieta, la ambivalencia del título. Porque, en el fondo, ¿cuál es el Neverland que realmente descubrimos, y que de algún modo nos recuerda también el «nevermore» del cuervo de Edgar Allan Poe, heraldo de nefastas confirmaciones que nos estremecen de dolor y fascinación? Vale la pena descubrirlo.
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