Si esto no fuera el guión de una superproducción clase A, cualquiera podría pensar, por ejemplo, que si la Iglesia no aprueba el devorador de pecados (fast food espiritual que redime gente mala y con poco tiempo para confesarse), entonces no hay que preocuparse, ya que de todos modos no se limpió ningún pecado y todo queda igual. Pero esto no es sólo un guión, también es un drama teológico, que debería ser resuelto por un Concilio por lo menos. Si esto no fuera posible, como mínimo habría que tener a mano alguno de esos «opinators» ecuménicos de la TV para que aclare un poco el asunto desde algun programa de trasnoche. Todo terror religioso que se precie debe incluir inevitablemente un temible infante endemoniado (si es posible, acompañado de un buen guión, claro). Igual, con o sin El lado bueno es que acá no hay conflictos: cualquier duda sobre las intenciones ocultas de los personajes secundarios se disipa a los 2 segundos de su aparición en la pantalla. De todos modos, ningún creyente puede perder la fe cuando
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