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En su nueva comedia, hasta el peinado delata la intención de diferenciarla de Amélie Poulain. Ya no más el estilo «garçon», nada de duende, menos de toque mágico. Michèle, ahora con un afro setentista, es una neurótica que cree que a los 20 años ya arruinó su vida. Se acaba de pelear con el novio, se refugia en vano en la Iglesia, envidia la seguridad ajena, coquetea con el suicidio.
Para su conversión, Michèle compromete al renuente François a observar la religión como nunca lo había hecho antes, estudia hebreo y la Torah y lo fuerza también a él a hacerlo, y alterna con sus futuros suegros en celebraciones religiosas, equivocándose a veces en ellas de manera casi sacrílega.
A la comedia no le falta humor y hay más de una buena situación; pero, desde luego, si a la simpática
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