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10 de agosto 2006 - 00:00

"El boquete"

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Entre «Feos, sucios y malos» de Ettore Scola y chocante parodia televisiva, «El boquete» no es para todos los gustos (ni estómagos), pero está bien actuada y, a su manera, es original.
«El boquete» ( Argentina, 2006, habl. en español). Guión y dir.: M. Mucci. Int.: V. Bassi, M. Paolucci, L. Ziembrowski, M. Wons, S. Smith, y elenco.

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Pequeña anécdota, que puede ser ilustrativa. Años atrás, Mariano Mucci alquiló un cine para mostrar en trasnoche su primera obra, llamada «Pernicioso vegetal». Pero antes de la función el operador bajó a quejarse al dueño del cine: «Hay tanto humo en la sala, que no puedo enfocar». «Bueno, ¿vos crees que esta gente vino a ver una buena proyección?».

Cabe suponer que para «El boquete», su primera película de estreno comercial normal, también irá otro tipo de gente. La obra está bien hecha, y tiene un elenco interesante, de buenos artistas, pero, aclaremos, no es para todos los gustos.

Se trata de una comedia grotesca con espíritu de cumbia villera, tan asociable a «Feos, sucios y malos» como a ciertas parodias televisivas, sobre una tribu (podríamos decir familia) de lúmpenes que pretenden robar un banco. Pero flaco favor le hacen al esmerado oficio de boqueteros, que, como se apreció en enero último, es una de las más exigentes y respetables formas del delito. No, éstos son apenas unos ordinarios inútiles, irremediables y orgullosos de serlo. Ahí están, por ejemplo, Escarfase, el padre vividor que ha vuelto de la cárcel, Idilio, que es un gordo de aquellos, Mirna Susana, la hija prostituta que anda con una mujer policía estilo película norteamericana de acción llamada Eva Müller, y aconseja a su hermanita menor acerca del uso de chupetines, en una escena que años atrás hubiera sido causal de delito. Etcétera, etcétera.

Diálogos y situaciones, incluyendo un clip a la manera de Gilda, y la grabación de un video porno dirigido por el mismísimo Victor Maytland, así como la construcción del boquete propiamente dicho, un incendio, ocupaciones (no precisamente laborales, sino inmobiliarias) y otras instancias provocan en el espectador una suerte de regocijo malicioso, mucho asombro, y también un poquito de asco. Esta, la verdad, es la sensación más mantenida. Nunca se vio algo así en el cine argentino, y contadas veces (y con menos gracia, hay que reconocerlo) en el cine extranjero que nos llega. Recuperará su inversión, qué vamos a hacerle.

P.S.

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