En manos de la
directora
Helena Tritek, la
historia de
Anna Frank
gana en
liviandad y
frescura y hasta
tiene momentos
de humor;
Emilia Mazer y
Norberto Díaz
resultan muy
convincentes
en el papel de
padres, lo
mismo que
Vanesa
González como
Anna.
«El diario de Anna Frank» de F.Goodrich y A.Hackett. Adap.: W.Kesselman. Dir.: H.Tritek. Int.: V.González, N.Díaz, E.Mazer y elenco. Esc.: C.Di Pasquo. Vest.: S. González Paz. Ilum.: O.Possemato. (Teatro Regina.)
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El estremecedor testimonio que brindó Anna Frank a través de su diario no sólo contribuyó a preservar la memoria el Holocausto con mayor eficacia que las evidencias presentadas en los juicios de Nüremberg -tal como lo señaló el periodista holandés Jan Romein, en un artículo publicado en abril de 1946, un año antes de que el libro fuese impreso- sino que también debe su vigencia al precoz talento literario de su autora.
Durante dos años esta adolescente de origen judío alemán vivió escondida en los fondos de un edificio de oficinas ubicado en pleno centro de Amsterdam, junto a sus padres, su hermana Margot y cuatro personas más. Como es sabido el grupo fue apresado por los nazis en agosto de 1944, a raíz de una delación y el único que pudo sobrevivir a los campos de concentración, una vez finalizada la guerra, fue el padre de Anna.
Las ominosas condiciones de encierro a las que debieron adaptarse antes de ser capturados no impidieron que Anna reflexionara sobre su vida, sus afectos y su tránsito a la adolescencia con una lucidez envidiable, mientras describía en detalle -y también con cierta malicia- el curioso microcosmos en el que vivió entre sus 13 y 15 años de edad. Todo esto sin evitar la autocrítica (el rechazo que sentía hacia su madre la torturó sin descanso) ni los ataques de furia frente a los defectos y mezquindades de sus compañeros de refugio.
La pieza de Frances Goodrich y Albert Hackett ( guionistas de grandes éxitos del viejo Hollywood, entre ellos « Siete novias para siete hermanos» de Stanley Donen y «¡Qué bello es vivir!» de Frank Capra), fue estrenada en 1955. La versión que dirige Helena Tritek se basa en la adaptación que realizó Wendy Kesselman en 1997, que por lo visto, contribuye a que todos los personajes resulten mucho más cercanos y dueños de un perfil psicológico de mayor relieve y con problemas personalesque van más allá de su condición de perseguidos.
En manos de una directora como Tritek, habituada a enfocar los hechos más sencillos y cotidianos desde una perspectivapoética (el festejo de Hanuka, el primer beso de Anna y Peter, son un buen ejemplo de ello), la obra gana en liviandad y frescura. El agobio del encierro y el miedo a ser descubiertos se ve compensado por escenas de gran hilaridad, casi todas motivadas por la torpeza y «exceso» de vitalidad de la protagonista. Vanesa González tiene encanto y espontaneidad. Tal vez resulte algo aniñada en sus breves monólogos a público (con 21 años tiene que aparentar 13) pero su convincente actuación en las restantes escenas subsana la diferencia de edad. Lo más divertido: las ocurrencias y cambios de humor de una adolescente hambrienta de libertad.
Emilia Mazer y Norberto Díaz resultan muy creíbles en el rol de padres, pero quien concentra toda la atención en cada una de sus apariciones es José María López (el señor Düssel) ese quisquilloso dentista lleno de mañas y egoísta a más no poder con quien Anna debió compartir su habitación. También logra una magnífica labor Susana Pampín (en el papel de la coqueta señora Van Daan). La actriz maneja con soltura las complejidades de una mujer irritante, aunque en algunos momentos provoque risa y en otros inspire piedad.
«El diario de Anna Frank» es una obra emotiva y sin golpes bajos que además del lógico material para la reflexión que brinda, logra entretener con sus cruces de conflictos.
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