«El Diez. Entre el cielo y el infierno». Libro: D. Dáttola y H. Berra. Letras: H. Berra. Mús: J. Zentner. Mús. incidental y prod. musical: L. Vitale. Cor: I. Esquivel. Esc. y luces: J. C. Baglietto. Vest.: M. Banach y M. Vilariño. Dir. gral.: H. Berra. Intérpretes: E. Bardi, F. Caicedo, L. Pereira, P. Brichta, R. Terranova, C. Marino, T. Lestingi y otros. (Teatro Metropolitan).
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H acer un musical sobre Diego Maradona era tan inevitable como interesante; sobre todo, pensando en que podría ser un producto de fácil exportación. Aunque fueron buenas las intenciones de no caer en los lugares más comunes del género, de plantear la pieza en los bordes del naturalismo y del relato histórico o periodístico, la búsqueda inicial se cumple tan a medias que «El Diez. Entre el cielo y el infierno» está muy por debajo de lo que semejante personaje habría permitido.
Hay algunos pocos cuadros musicales logrados, especialmente los grupales, son un hallazgo los cuerpos fantasmagóricos que acosan al protagonista, trabajados en el lenguaje del teatro negro. Es un acierto la división escenográfica en tres espacios y original -especialmente por el tratamiento interpretativo-el cuadro del juicio final.
Fue interesante la idea de trabajar alrededor de tres etapas en la vida del ídolo -la niñez y la primera juventud en Villa Fiorito, la adultez y una fantaseada vejez-; la escenografía y las luces de Juan Carlos Baglietto y las coreografías de Irina Esquivel son de buen nivel y hay buenas actuaciones personales: en el Maradona adulto de Emilio Bardi, en Pablo Brichta como el padre, y en los diversos papeles de Coni Marino, Tony Lestingi, Héctor Malamud, Ariel Altieri, Rodrigo Aragón, Roberto Fiore, Pochi Ducasse, los niños Leandro Pereira, Ezequiel Antonini, Gabriel Gallicchio y en el cuerpo de baile.
Sólo en algunos momentos -las murgas, la melodía que canta Diego en Corrientes junto a su padre-, la música de Javier Zentner donde conviven tangos, milongas, chamamés y un poco de comedia musical, pone un atractivo especial. Pero donde todo se derrumba es en el texto, en el relato general, en la falta de conexión entre las escenas, en una mezcla entre realidad y fantasía que no termina de cerrar, en la caricaturización del personaje central como una suerte de justiciero comparable al Che Guevara -de hecho se establece esa comparación-, en el discurso cursi y aleccionador, en una combinación de relato hablado y cantado que no encuentra explicación dramática, en la increíble omisión de algunos personajes o hechos. Y, sobre todo, en la dirección general.
Así, quedan totalmente desaprovechados dos buenos actores como Rita Terranova, que no logra dar con el perfil de la madre del protagonista, o Franklin Caicedo, que compone un errabundo Maradona anciano con acento chileno que no parece tener conexión con el de las otras etapas del personaje.
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