1 de septiembre 2003 - 00:00

El erotismo, lejos del circuito del consumo

Con las estrategias de apropiación dadaístas, que desde Duchamp, Warhol y Jeff Koons llevaron el mundo de la calle y el supermercado a los museos, Martín Di Girolamo montó su propia fábrica de superestrellas: modelos y chicas del cine porno, íconos del erotismo capaces de encender el deseo.

En la década del 90, sus primeras esculturas hiperrealistas modeladas en terracota y vaciadas en resina epoxi con un acabado reluciente y policromado, mostraban a sus modelos con las poses provocativas de las revistas y el cine porno. Al despuntar el 2000, Di Girolamo ganó el Premio Banco Ciudad con «La limpiadora de vidrios», una bella muchacha que encarnaba, con la humildad de su gesto, la juventud sin futuro de un país en crisis.

Ahora, en la extensa serie de personajes que presentó la semana pasada en la galería Ruth Benzacar, el joven artista atrapa los secretos y actitudes del mundo femenino y exhibe así lo mejor de su producción. Se trata de un mundo donde el sexo y el erotismo vuelven a jugar un papel preponderante, pero el encanto de la muestra reside en la sutileza del relato, en la calidez de los cuerpos tiernos y lustrosos, en las actitudes íntimas de dos chicas que dialogan sentadas en un banco, o mientras se prueban un pantalón que les calza como un guante.

El poder expresivo de la obra se revela en la morbidez de un vestido de seda que se desliza entre las piernas, o en el suntuoso corpiño de encaje engarzado al cuerpo como una joya, pero sobre todo, en la mirada amorosa que dedica el artista a la mujer.

Es evidente el placer que depara ese universo de formas llenas, pieles nacaradas y tacos empinados que exalta la belleza. Pero en esta muestra la mujer ha dejado de ser un fetiche, un objeto más de consumo, como las Marilyn solarizadas de Warhol o las figuras eróticas que rozan el grotesco, como la Cicciolina de Koons.

Si bien quedan todavía en las esculturas de Di Girolamo muchos resabios del kitsch-porno, como los congelados estereotipos que lucen altísimas botas rojas o cueros negros con tachas de plata, algunos de sus personajes se han humanizado, están como abismados en su mundo interior.

En el contexto de la galería, estas reproducciones tan verídicas de la realidad, no hacen otra cosa que cuestionarla. El espíritu transgresor del artista que comenzó a exponer en la disco Ave Porco y la galería del Centro Cultural Rojas, abre paso esta vez a la complejidad del «teatro del mundo» femenino, con escenas que trascienden la banalidad y aldquieren significado social.

Bajo la apariencia artificial de los figurines eróticos, este nuevo registro incorpora con fidelidad el gesto espontáneo y cotidiano; el artista pega así una vuelta de tuerca que abre paso a la interpretación subjetiva y de algún modo extraño, si se quiere, también a la emoción.

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